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jueves, 22 de junio de 2017

200 Millas 2017 Jornada 2: Nerpio-Murcia



A las ocho estábamos desayunando, unas tostadas, alguna magdalena y unos cafés es cuanto necesitamos para ponernos en marcha. Anoche nada más llegar y tras la ducha lavamos la ropa y la pusimos a secar para hoy, no es cuestión de traer mucho equipaje. Chanclas, camiseta y pantalón para estar presentable en la cena, cepillo de dientes, crema para el sol y poco más. El hostal Los Nogales es al Nerpio en tiempos modernos lo que la fonda fue en tiempos pretéritos, pregunto por las perdices escabechadas y me llevo un disgusto: ya no se hacen -me dice la propietaria-, lo que si se sigue haciendo es el lomo de orza. Cenamos abundante y rico y pronto nos fuimos a dormir, estábamos cansados, muy cansados, la distancia, el desnivel, pero sobretodo el calor nos habían castigado de lo lindo. Nuestras compañeras a buen recaudo en un almacén aledaño.



Hemos escogido para la vuelta el camino de Moratalla por el Campo de San Juan, después será el Segura el que nos lleve hasta casa. Salimos por la carreterilla de las Bojadillas, para mi mucho más bonita que la tradicional del pantano, incluso me atrevería a decir que también es más suave. A esta hora se pedalea a gusto; el sol, aún bajo, no molesta demasiado. Llegamos a la rambla de la Rogativa que cruzamos mojando las cubiertas, no hay puente y el agua salta por encima de un vado de cemento. Entramos sin solución de continuidad en el desfiladero que forma el Calarico del Hambre y el Arroyo Tercero para cruzar otro vado en el que el agua pasa por unos tubos a modo de puente. Salimos a la carretera que nos llevará en constante subida hasta el Sabinar. El campo de San Juan nos recibe pleno de fragancias con sus plantaciones de aromáticas, de pedaleo fácil hasta que tienes que abandonarlo a la altura de la presa de La Risca, comienza aquí un pequeño puerto, algo engañoso, que te hace esforzarte más de lo te gustaría. Superado, entras en el Campo de Bejar y sales por otro puerto; el de Los Álamos, que por esta cara es mucho más sencillo que por el lado de Moratalla. Descenso enlazando una curva tras otra, llegando al vértigo, sin apenas tráfico, hasta entrar en el pueblo. Nos detenemos en una terraza orientada al norte del primer bar que encontramos. Parada y fonda.



De Moratalla a Calasparra apenas es un paseo, pero ya comienza a dejarse notar el calor. El sol es un disco blanquecino como de metal fundido que amenaza con derretir el asfalto. Pasado Calasparra enfilamos la carretera de Jumilla hasta la Venta Reales, donde nos desviamos a la derecha hacia Cieza, este tramo junto al recorrido por el valle del Segura será lo más duro de la etapa, no por los desniveles, sino por el calor. Aquí se dejara notar en toda su extensión, al aire pesado y caliente le cuesta entrar en los pulmones, bebes pero no sirve de nada, la boca seca, pastosa, la lengua empeñada en solidificarse con el paladar y tu chupando el bote a cada instante, pero todo sigue igual. Por eso paramos antes de entrar en Cieza, y por eso nos pedimos pulpo al horno, salpicón de marisco, croquetas, rulos de queso y beicon, cerveza, mucha cerveza, que si hay que sufrir se sufre, pero que nos quiten lo “bailao”. De la Perla del Segura en adelante entramos de lleno en el Valle del Segura; Abarán, Blanca, Ojós, Villanueva, Archena, se suceden una detrás de otra como si fueran todo una, con la mente más pendiente del calor, del cansancio que de los lugares tan maravillosos por los que estamos transitando. En casa, viendo las fotos, la verdad es que me sorprendo, no recuerdo cuando las hice, debía de pedalear como un autómata.



Paramos en Molina, en el bar que hay junto a la vía verde, en la ermita de la Consolación, pero con tan mala suerte que estaban cerrando y solo pudimos comprar cuatro botellas grandes de agua bien fría, una por cabeza. A partir de este momento nos planteamos el camino más corto, ¿la vía verde? Sí, allá vamos.


Murcia, 17 de junio de 2017

el track...               algunas fotos...

miércoles, 5 de abril de 2017

Camino Santiaguista de Caravaca: De lo acontecido el tercer día

 

La iglesia está cerrada, el local parroquial también, por lo que me acerco hasta el Ayuntamiento que está en una plaza aledaña. Me atiende una guapa funcionaria que me pide, casi me suplica, que rece por ella en Caravaca, y eso hice que lo prometido es deuda y además no cuesta nada. La salida es en bajada y llevo una buena velocidad lo que hace que sienta todo el frío de mañana. Me rebasa un vehículo de la Guardia Civil y lo hace a menos de medio metro; ¡dando ejemplo! Villares se aparece fotogénico a contra luz y al descender hacia el valle del Segura el paisaje se transforma, los campos de cultivo, el monte bajo y el matorral se transforma en un esplendido bosque de ribera. Salir del cauce no es tarea sencilla, seran un buen numero de kilómetros y porcentajes superiores al siete por ciento antes de llegar Férez, aupado sobre un cerro cercado por almendros y olivos, al Frez de los romanos, pueblo de mi amigo Julio y que espera poder disfrutar más amenudo cuando termine de rehabilitar la antigua casa de sus abuelos, fue conquistado por Fernando III y entregado a la encomienda santiaguista de Socovos. No he estado nunca pero dicen que son célebres sus encierros a primeros de octubre y que es famosa su repostería a base de fritillas, hojuelas y suspiros.



Socovos es el siguiente pueblo que desde el Tratado de Alcaraz se convirtió en cabeza de encomienda santiaguista que aglutinaba los términos de Letur, Férez, Lietor y la Abejuela, aprovechando los cristianos para su propio uso el anterior castillo árabe del siglo XII. Como en casi todos los pueblos las iglesias están cerradas por lo que acudo al ayuntamiento a sellar la credencial, allí me atiende un funcionario amante a la historia y de su pueblo, me recomienda encarecidamente que busque información de Ibn Hamusk, antiguo caudillo de Socovos y suegro de Ibn Mardanix. Me hago una foto junto a la iglesia de arriba y me dirijo entre huertos de olivos y almendros hacia la iglesia de abajo que luce en su portada el escudo con la cruz de santiago y dos conchas peregrinas, una a cada lado. Desde la iglesia el castillo casi se puede alcanzar con la mano, flanqueado de almendros en flor que de algún modo compensan del deterioro de sus murallas. Al medio día, al otro lado del castillo, hay una noguera que dicen ya etaba allí con los árabes y que puede ser la más antigua de Europa con más de ochocientos años. Retorno a la carretera, amplia y bien asfaltada en dirección a Tazona y con porcentaje negativo ¡una gozada! Olivos centenarios interrumpidos por algunas vides nos acompañan a lo largo de algunos kilómetros. Es lugar fronterizo entre Albacete y Murcia y pronto encontraremos los grandes cateles que así lo indican. Algunas manchas de pinar interrumpen campos de almendros, otros, baldíos, están plenos de flores. Tras cruzar el río Alhárabe, Moratalla aparece encaramada sobre un promontorio a la sombra de la sierra de los Álamos, entre el caserío destacan imponentes la iglesia de la Asunción y la torre del homenaje, única que queda y que estaba acompañada por otras cinco que completaban el recinto amurallado: Redonda, Blanca, La Magdalena, Quebrada o de los Limones y la de Los Cuatro Vientos. Moratalla en un pueblo de vaquillas, en julio sus calles se animan, corren sus gentes y el ganado bravo pulula a sus anchas, pero tambien es pueblo de recogimiento, amante de sus procesiones, eso sí, algo especiales por la desordenada y variopinta mezcolanza de tunicas y nazarenos, por el ensordecedor tronar de su multitudinaria tamborada y por sus mazapanes de yema de huevo.




Pero no me quiero entretener, Caravaca esta al otro lado del pico del Buitre, que rodearemos por el este, aunque esto no nos evitará algunos kilómetros de subida. Nunca he recorrido esta carretera, siempre que he ido de Moratalla a Caravaca lo he hecho por caminos, normalmente siguiendo el Canal del Taibilla [3], y tambien he hecho el mismo recorrido con el Camino De la Vera Cruz o el Triángulo Santo, así que esto será para mi una nueva experiencia. Una curva a derechas y allí esta; el Santuario-fortaleza de la Vera Cruz y a sus pies Caravaca entera. Entro rodeando la iglesia del Salvador por si esta abierta, pero lo dudo mucho, son más de las dos de la tarde y es probable que este cerrado tambien el Santuario, a pesar de todo decido subir y efectivamente está cerrado hasta las dieciséis horas lo que me permitirá hacerme alguna foto junto al monumento de los Caballos del Vino y comer como una "persona", nada de barritas, en una de las terrazas de la Plaza del Arco. Sastifechas las apetencias carnales, ¡que buena estaba la oreja!, llega la hora de las espirituales, visita a la iglesia; rezo por mi y por los demás, doy gracias a Díos por permitirme hacer lo que me gusta y le pido que me conceda el don de seguir haciéndolo. Resueltas las cuestiones espirituales paso por la Oficina del Peregrino, sello la credencial y obtengo mi Caravacensis. Cumplidos todos mis compromisos dudo en seguir hasta Murcia con la bici o tomar el autobus, no sé que será lo más "pesado", pues el de las cinco de la tarde "pasa por los pueblos".



Mariano Vicente, miércoles 29 de marzo de 2017.

Historia Jubilar 

La historia de la aparición de la Cruz y las posteriores peregrinaciones comienza en el año de 1232 aun dentro del territorio mardanisí del reino de Murcia. Cuenta la leyenda que enterado el sayid musulmán de Caravaca Zait-Abut-Zait de que entre sus prisioneros se encontraba un clérigo cristiano, quiso saber de sus ritos y le pidió que celebrara una misa. Trajeron de la misma Valencia todo lo necesario para la celebración y estando el padre Chirinos comenzando la consagración cayo en la falta de la Cruz. Detuvo el oficio, pero en ese momento, dos ángeles penetraron por una claraboya portando la Cruz. Echo tan singular conmovió al moro que se convirtió al cristianismo. Pero lo más probable es que la Cruz fuera traída hasta Caravaca por la Orden del Temple, convirtiéndola en una Cruz de Frontera, símbolo de protección frente a los nazaríes granadinos. Pronto adquiere fama de milagrosa obrando grandes prodigios, los cautivos liberados llegan hasta el Santuario a depositar con devoción sus exvotos a los pies de la Cruz. Rápidamente se extiende su fama por los reinos cristianos de la Península y numerosas Órdenes Religiosas -franciscanos, jesuitas, carmelitas de San Juan De la Cruz y Santa Teresa, se establecieron en Caravaca. Su fama se fue ampliando hasta alcanzar toda Europa y América Latina, algo a lo que contribuyeron de manera muy especial los jesuitas.
La Cruz de Caravaca es un "lignum crucis" un trozo del Madero en que fue crucificado Jesucristo. Fue descubierto en el sigloIV por Constantino (335-347) o por su madre Santa Elena y de la que se hicieron tres partes, una se entrego al patriarca de Jerusalénn, las otras fueron llevadas a Constantinopla y Roma. Es una cruz pectoral oriental que según la tradición perteneció al patriarca Roberto, primer obispo deJerusalénn en 1099. Ciento treinta y cinco años más tarde aparece en Caravaca, por eso se le aplican los epítetos de "Santísima" y "Vera", por pertenecer a uno de los tres trozos en que se dividió el madero de la crucifixión de Jesucristo.



Libro de Bitacora: 29/03/2017

Temperatura: 15-20 º
Nubosidad: Despejado-Nubes aisladas
Viento: Flojo del Suroeste
Distancia: 68 km
Desnivel+: 924 mts.
Desnivel -: 952 mts.

Track: https://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=17064695

algunas fotos… (https://flic.kr/s/aHskS4qENn)

miércoles, 19 de octubre de 2016

Sierras de Moratalla light

Estamos inmersos en plena bajada, las orejas rojas, gélidas, doloridas, decididamente no estamos acostumbrados a estas temperaturas; hemos pasado de los doce grados de Murcia a las siete y media de la mañana, a los dos del Sabinar una hora después, se nota que estamos en tierras albaceteñas. Bajamos hacia el Nerpio, en realidad hacia el embalse que forma el incipiente Taibilla, hacia el camino del Canal. Hoy nos proponemos realizar una ruta que en algún aspecto se parece a la Cicloturista Sierras de Moratalla, pero mucho más descafeinada que la original. Primero será más corta, unos 90 kilómetros y con menos desnivel y por supuesto con una media mucho más "humana", más acorde con nuestras características de "maduritos fondones". Pero que nadie se llame a engaño, la vieja carretera de Vizcable, creada para la construcción del Canal del Taibilla, nos pondrá a prueba con sus constantes desniveles que nos van a preparar para el verdadero reto; que no es otro que superar el puerto de Benizar, con algunas rampas, sobretodo al inicio, que superan el 16%.



Nos hemos introducido por el estrecho desfiladero que el Taibilla labrado en corazón de la roca caliza. Allá abajo, corre encajado entre peñascos verticales, custodiado, por chopos y olmos equilibristas. Seis "inconscientes" amigos estamos pedaleando por la fresca umbría, ¡como echamos de menos en momentos como estos a nuestra templada tierra!, y algún valiente hasta ha venido de corto; pero la mayoría vamos embutidos en nuestros chubasqueros como los esquimales en sus pieles; la nariz roja y húmeda. No será hasta el medio día que la temperatura alcance unos confortables doce grados. El viejo camino del Canal, esta falto de mantenimiento, el asfalto descarnado no invita a demasiadas alegrías en las numerosas bajadas que los constantes desniveles proporcionan en su afán de ceñirse fielmente a la orografía de las sierras.



El paisaje se abre tímidamente y son ahora minimalistas huertas las que ciñen al joven Taibilla. En una curva a derechas descubrimos, casi por sorpresa, la torre islámica Vizcable. Una de las fortificaciones que junto a las de Taibilla, Yetas, Xutia y Turrilla formaban el sistema de atalayas del castillo musulmán de Yeste, que posteriormente siguió utilizando la encomienda Santiaguista. Bajo ella David se hace un "selfie". El camino del Canal sigue con sus constantes subidas y bajadas, se ciñe mimético a la sierra del Tobar, lo que hace ameno su pedalear, pero implica un constante desgaste que apenas notamos, pero que se hará patente con el paso de los kilómetros. Letur nos recibe con anuncios de quesos artesanos, lo que despierta en mi las ganas de hacer un alto; pincho de tortilla incluido, al que casi nadie hace caso preocupados por "no perder el ritmo" ante la subida del Benizar. Como no tengo "ritmo" paro en un viejo conocido; el Mesón el Labrador, y me hago con un enorme pincho de tortilla. "Intimidado" por lo del ritmo, me abstengo de la cerveza que es lo que realmente me apetecía y la cambio por coca cola, por aquello del azúcar, pero no es igual y al final voy a andar lo mismo. Antonio y Juan Bautista se han quedado a esperarme en la terraza, por lo que troceo el pincho y se lo ofrezco junto a unas rebanadas de pan. Visto y no visto, lo devoramos en armonía y concordia.



Continuamos hacia Socovos, con la misma tendencia de subidas y bajadas, pero con mejor firme. Ya en Socovos, buscamos por nuestra derecha una bonita carreterilla que sigue, entre pinos, el arroyo de Benizar hasta la población de La Tercia, comienzo del "temible" puerto que desconozco. Y la verdad que al principio hace honor a esa fama suya; las primeras rampas de las estribaciones de la sierra de la Muela, hacen apretar de firme los riñones, Juan me dirá después que las rampas superaban el 16 por ciento, porque desde que comenzó el puerto yo ya no le vi. Los cinco restantes, Jesulen, Antonio, Ángel, David y yo por ese orden, nos arrastrábamos, rezando para no tener que echar pie a tierra. Suavizan un poco, con lo que Antonio y Jesulen toman unos metros sobre Ángel, mientras David y yo nos quedamos más retrasados. Con un par de kilómetros de puerto empiezo a sentirme mejor y poco a poco voy dejando a David y acercándome a Ángel, al que superó hacia la mitad de la subida. Jesulen y Antonio, están solo a dos curvas más adelante pero me costará todo lo que queda de puerto para alcanzarlos, no los supero hasta las últimas rampas en las que Antonio decide esperar a David y Jesulen se descuelga poco a poco.



Prácticamente superado el puerto aún nos quedan dos rampas para coronar, que a traición, nos pondrán de nuevo a prueba, la última junto al cortijo de Las Lórigas. Que ganas dieron de quedarme junto a una barbacoa repleta de longaniza. Fue como un bofetón para mi cerebro concentrado en el esfuerzo de superar el puerto. Y para mi estomago por que era ya buena hora para comer. Con sacrificio y vergüenza torera decline probarla, cuando con amabilidad me ofrecieron un buen trozo, sostenido en una generosa rebanada de pan . A partir de aquí todo es favorable, solo nos sorprenderán pequeños repechos que superaremos casi con la inercia. Pedaleo a plato con la mente puesta en la cerveza bien fría que me voy a tomar cuando llegue y en la longaniza de Las Lórigas. Intento ver a Juan Bautista por delante en alguna de las largas rectas que nos depara la carretera, pero ni rastro. Después me enteré que llegó medía hora antes que yo y Jesulen, que me ha alcanzado durante la bajada. Casi lo que le hemos sacado nosotros a David y Antonio, je, je, exagerar no está prohibido.



La última parte de la ruta ha sido en el restaurante El Cortijo, mientras esperábamos el arroz hemos dado cuenta de un rabo de cerdo como lo ponen por estas tierras; frito, frito. El queso y el jamón, también nos dieron grata compañía mientras duraron; y por supuesto nos hemos hidratado convenientemente. El arroz; de conejo con serranas, estaba rico y meloso, del que no hemos dejado ni un grano, unos postres y los cafés han sido el colofón a esta magnífica jornada de amistad, pedaleo del bueno y paisajes inolvidables.   


Mariano Vicente, 15 de octubre de 2016

lunes, 24 de noviembre de 2014

Canal del Taibilla. Recorrido completo del ramal principal



El track se ajusta, donde ello ha sido posible, con bastante fidelidad al trazado del canal, con algunas salvedades:
- El canal se adapta a la difícil orografía del terreno; para salvarlo, utiliza numerosos túneles y viaductos, que nosotros solventaremos de la mejor forma posible.
- Siempre que ha sido posible se ha utilizado el propio camino de servicio, con la salvedad de unos kilómetros antes de Casas Nuevas, que por error, el track se va hacia la izquierda cuando debería hacerlo hacia la derecha por el GR-252.
- Entre Cehegín y Bullas se ha utilizado la Vía Verde del Noroeste. Recorrido totalmente ciclable sin demasiadas dificultades, salvo las propias de la orografía. El camino de servicio presenta en numerosos tramos un piso bastante incomodo con piedra suelta y en algunos puntos como las sierras de la Muela y Espuña, fuertes pendientes. 

Hay suficientes poblaciones a lo largo del recorrido. El tramo más solitario se presenta entre Socovos y Moratalla –Sierra de la Muela y Los Cerezos-. 

Cualquier tipo de bicicleta puede ser apta para realizar el recorrido, con la excepción de las puras de carretera. Muy recomendable la utilización de bicicleta de montaña.
- Dos bicicletas se han utilizado en el recorrido; una vieja compañera del viajero, la Cannondale F 500 con suspensión delantera (Fatty) y alforjas, los dos primeros días. Cannondale Russ de doble suspensión para las jornadas 3 y 4. 

En este recorrido realizado en cuatro días se ha pernoctado el primer día en Letur (Hostal Rural Letur 687 70 57 13), y las otras dos noches en su domicilio. Para lo que se utilizo autobuses (Líneas Costa Cálida Teléfono: 968 298 927) entre Cehegín, Murcia y viceversa para el segundo día. El tercer día el ferrocarril de cercanías entre Totana y Murcia. Tanto autobuses como cercanías tienen una frecuencia aproximada de uno cada hora, entre la 7 y las 22 horas.

martes, 18 de noviembre de 2014

El Canal del Taibilla; un viaje en bicicleta. Cuarto día de viaje: Totana-Cartagena





En la calle hacía algo de fresco, pero en el tren se está muy bien. Durante el trayecto duda el viajero que será lo más conveniente, desayunar en Totana o hacerlo en El Paretón -pequeña población a 17 kilómetros de Totana y en la que conoce un par de establecimientos-. Se le eriza el vello al bajarse al andén, no hace frío pero la diferencia con el tren se nota, de todas maneras se le pasa nada más comenzar a pedalear. Desde la ventanilla ha visto a su compañero junto a las vías; las cruza para continuar a su lado, entre lechugas, brocoli y algún olivo, hasta el Guadalentín. Aquí al viajero no le queda más remedio que buscarse la vida, pues su compañero vuela entubado sobre él, lo hace por el propio cauce hasta una carreterilla que se encuentra a un centenar de metros a su derecha. Continua por ella, va paralela al canal guardando la distancia. A ratos lo ve y otros desaparece, pero él sabe que está ahí.



Hasta El Paretón sigue la carreterilla ahora convertida en vereda de ganados, la que une Lorca y Cartagena. Nada más entrar en la población se dirige al bar; bocadillo de tortilla de patatas y magra con tomate desayuna el viajero, cerveza y café, quizá no se lo más adecuado pero a él le gusta. Repuesto busca la calle de la Fragua que lo llevará al cementerio y a la que quizá, algún día, llegue a ser la Vía Verde del Campo de Cartagena. 



De pronto se lo encuentra; ahí está, olvidado y abandonado, con las entrañas pudriéndose al sol. Mudo testigo de la desidia de un pueblo -el español-, cafre y analfabeto. Ciudadanos y políticos -dignos representantes de su pueblo-, dejan perderse elementos insustituibles de nuestra cultura, de nuestras tradiciones. Pero él aún se mantiene en pie, orgulloso de su pasado; digno a pesar de haber perdido la techumbre y que las aspas yazcan desmanteladas a sus pies. Su otrora potente maquinaria, que molió el trigo para calmar el hambre de tantos hombres, se pudre lentamente a merced de los elementos. Sí ahí está, esperando el milagro que lo salve del destino al que esta inexorablemente abocado.


Entre estas y otras disquisiciones llega el viajero a la antigua plataforma ferroviaria y recuerda cuando le llamo Carmen Aycart, antes y ahora, presidenta de la Fundación de las Ferrocarriles Españoles dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, a mediados de los años 90, para preguntarle sobre el estado de esta infraestructura y del ramal de la Pinilla a Mazarrón. En inmejorables condiciones, le contesto. Salvo algunos almendros plantados por los agricultores en plena plataforma, y una fábrica de plásticos en plena construcción, por lo demás está bien. Vino, comprobaron lo expuesto y elevaron la propuesta de convertirla en vía verde al ministerio, comunidad autónoma y ayuntamientos. Después de 20 años todo esta... mucho peor. ¡País!


Demasiado tiempo ha pasado y el viajero pedalea por esta plataforma con cierta tristeza por lo que pudo haber sido y no fue, pero como es de natural optimista no pierde la esperanza. Los conejos también se han empeñado en contribuir, a su manera, en destrozar esta antigua infraestructura ferroviaria, en algunos puntos tan horadada, que hay que extremar la precaución para no caer en sus agujeros. Igual pasa con las trincheras, innumerable galerías las socavan hasta su derrumbe. Al final de una de estas trincheras, junto a la carretera E-11 de La Carrasca, gira el viajero a la izquierda siguiendo la Vereda de Venta seca para reencontrarse con su compañero, aunque por poco tiempo, la finca de los Cánovas se lo impide. Las fincas de vallan, se cierran, no importa si se incumplen leyes y costumbres, sus dueños hacen alarde de su talante y sensibilidad, demuestran así a todo el mundo que la finca es suya, mientras quienes tienen que velar por la legalidad, se pliegan ante los hechos consumados o miran para otro lado.


Rodea el viajero vallas y cadenas hasta volver a encontrarse con su viejo amigo; lo seguirá, de aquí en adelante, bien a su lado, bien sobre él. Se suceden los cultivos y algunos pueblos a los que no entran, lo que hace que el trayecto se transforme en solitario. Pedalea el viajero sobre el lomo del canal, y tras cruzar una rambla, se da de bruces con la valla de la autopista Cartagena-Vera. Afortunadamente hay un puente a su izquierda.


Domina el paisaje el esparto acompañado por algunos almendros escuálidos. El camino, ahora, es aún más solitario. Se vislumbra un caserío desperdigado en lontananza, unos perros ladran. Las casas y el terreno se confunden; ocres los campos, ocres los tejados, ocres las paredes, ocres los perros. No hay nadie; las casas, cerradas, parecen vacías. Y sin embargo, cientos de ojos lo observan. Inmóviles, siguen su paso en silencio, solo algún valido les delata. Al viajero le queda poca agua y busca a un ser humano que se la dé, pero no lo consigue. 


Continua y llega a los Puertos, lugar más civilizado y que conoce el viajero; Perín está  cerca y decide seguir su camino. Llega al pueblo y se detiene junto a la ermita, mira la hora y piensa que es buen momento para comer y el centro social un buen lugar. No se equivoca, entra la bicicleta hasta el patio interior y se acerca a la barra. En un extremo un parroquiano, palillo en mano, se entretiene en mondar sus diente uno a uno con empeño. Detrás un hombre de aspecto afable parece ser el camarero.

-Buenos días. ¿Para comer?
-De lo que ve usted aquí.

El viajero mira y ve, entre otras cosas, una apetitosa sangre frita con cebolla y piñones. Se la pide. Y también una cerveza bien fría y unas olivas. Continua con unos calamares a la romana sabrosísimos y un bonito en escabeche para chuparse los dedos; el postre un rico flan de piña. Termina el viajero con un café y un vasito de orujo de hierbas para ayudar en la digestión. Descubre que la artífice de de tales manjares es la señora del camarero, a la que ruega que felicite encarecidamente.


Sale de la diputación cartagenera para reencontrarse con su compañero, encarnado en un magnifico acueducto que salva la rambla. Sigue hacia La Corona y cruza la carretera de Isla Plana, incorporándose a la colada del Cedacero que discurre hermanada con el canal. Atraviesa alguna rambla entre pitas y baladres antes de llegar a Canteras, junto al antiguo depósito de aguas de los Ingleses, anterior a la llegada del canal. Sabe que su recorrido llega a su fin, en Tentegorra están los grandes depósitos del canal que proveen de agua a Cartagena. Al viajero poco más le resta por hacer, salvo buscar la estación de ferrocarril y un tren que le lleve a su casa y terminar así esta aventura que le ha hermanado con esta magnífica obra que es el Canal del Taibilla.
Mariano Vicente, noviembre de 2014.        

lunes, 17 de noviembre de 2014

El Canal del Taibilla; un viaje en bicicleta. Tercer día de viaje: Cehegín-Totana





Es temprano, ha madrugado el viajero para tomar el autobús que le llevara de vuelta a Cehegín para reanudar su singladura por el canal del Taibilla. Amodorrado, a través de la ventanilla, contempla el paisaje, sin verlo, decide que se apeará en Bullas. El tramo Cehegín-Bullas, a pesar de su belleza -río Argos, la ciudad tardo-visigoda de Begastri, arroyo del Burete o el entrono del Carrascalejo-, lo ha realizado en numerosas ocasiones, además, el canal es invisible en este tramo, por lo que comenzará en esta población, así gana algo de tiempo que no le vendrá mal.



El día es frío, pero el sol se insinúa ya con fuerza, es lo bueno de esta Región, que el sol alumbra todo el año y en invierno la temperatura es envidiable. Un dédalo de carreteras y caminos esperan al viajero que deberá estar muy atento para no errar su dirección. Atraviesa Bullas en busca del río Mula y del canal; al primero lo encuentra pronto, pero al segundo, esquivo, no lo encontrará hasta el paraje de Rosique, a una docena de kilómetros del comienzo. Bonito puente que salva el barranco; resuelve incertidumbres, y confirma la buena dirección. Pedalea por ondulados campos de almendros, vides y olivos bajo un sol que empieza a dejarse notar. Se introduce en la rambla del Guapero para darse de bruces con uno de los acueductos de mayor longitud del recorrido. Momento adecuado para el relax, para extasiarse con la contemplación de un paisaje espectacular; entorno solitario y aislado, que mezcla la vegetación propia las ramblas, con un frondoso pinar. Como sublime telón de fondo, la sierra de Pedro Ponce y su escudero, Peñarrubia, recortándose bajo un cielo azul y luminoso.



Ha hecho bien el viajero en cambiar de bicicleta, se ha traído la que tiene doble suspensión que le facilita el tránsito por estos pedregosos caminos; tortura que el viajero lleva bien, aunque no tiene tendencias masoquistas, simplemente porque le gustan estas aventuras. Supera algunas rampas fuertes y se encuentra con Sierra Espuña en el horizonte. Se distrae el viajero, y sin saber cómo yerra el camino, tomó a la izquierda cuando debía hacerlo a la derecha, llega igualmente a Casas Nuevas, pero por donde no debía. Se ha "perdido" buena parte del pedregoso camino de servicio y el puente trazado sobre la rambla del Huérfano que hay antes de esta población. Lo siente el viajero, pero no en demasía, ya que pasó por el lugar en otras ocasiones y pudo contemplar con detenimiento estos lugares. 



De Casas Nuevas no cuenta nada el viajero, salvo que ha parado un rato a descansar, antes de afrontar la subida hacia la zona de la fuente de la Portuguesa. Retoma el camino de servicio y descubre complacido que lo han arreglado y ahora forma parte de los Itinerarios Ecoturísticos de la Región de Murcia. Se sorprende el viajero con las fortísimas rampas que encuentra, no las recordaba tan pronunciadas. Conforme se adentra en la sierra bajo el Morrón de la Cabra, comprende que este no es el camino que ha seguido en otras ocasiones; después de lo subido, decide continuar y ver que le depara el recorrido. Más rampas que le llevan a descubrir algunas construcciones del canal. Encumbra, para comenzar una vertiginosa bajada que le llevara a la pista que él ya conocía; ¡para este viaje no se necesitan tantas alforjas! Recomienda el viajero tomar la vieja pista que un centenar de metros antes de la cancela de entrada al Parque, continua por la izquierda, es más corta y evita las fuertes rampas de la nueva; considera que para un viaje de este tipo, de varios días y con alforjas, es mejor la otra, pero el viajero no quiere imponer su voluntad y que cada uno haga lo que le dé la gana.



De nuevo a subir, esta vez con más fundamento, hacía la Fuente de la Portuguesa, área recreativa a la que no entra y sigue por el camino de servicio hasta que este desaparece en la carretera de Pliego a Alhama. Toma hacia esta última, pues quiere recuperar el canal a la altura de El Berro. Después de entrar en la población, decide que es buena hora para comer, entre en el bar y pregunta.

-Claro que sí, potaje y lomo con salsa de pimienta verde.
-Por mi estupendo -contesta el viajero con entusiasmo ante la perspectiva de un plato caliente.
-Pero mientras póngame una cervecica con olivas.    

 

Come a gusto, y para terminar toma arroz con leche y café. Mientras tanto entran dos ciclista, a lo mismo que ha hecho el viajero y como no podía ser de otra manera entabla conversación con ellos. Se entera así, que son de Valencia y que han pasado la mañana recorriendo Sierra Espuña, que el mayor es nada menos que Aníbal (Wikiloc), experimentado y docto cicloturista; hace buenas migas con él y quedan en mandarse unos correos para posteriores aventuras por la Región. Abandona la población para continuar con su búsqueda del canal y lo encuentra bajando las Cuestas del Marqués, un cartel indica "Rápidos de los Molinos-Dispositivo de Cabeza", cree el viajero que lleva a la salida del túnel de Cueva Luenga que conduce las tuberías de la subestación de Carmona. Continua por la carretera hasta contactar con otro canal, el del Tajo, que tanto él como el Taibilla, seguirán hasta el término municipal de Totana, disfrutan ambos de una magnifica panorámica del valle del Guadalentín. En el paraje de Las Lenticosas los canales se separan y el viajero sigue al Taibilla hasta Totana, entre campos de almendros, olivos, vides, casas de recreo, otros cultivos y los arrabales del pueblo. Ya en Totana, el Taibilla circula junto a la línea de ferrocarril, hecho que aprovecha el viajero para tomar un tren que lo lleva a Murcia, podrá así descansar en su casa.