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martes, 21 de noviembre de 2017

Camino de San Juan De la Cruz: Baeza-Caravaca



Juan de Yepes, nuestro San Juan de la Cruz, tras un azaroso viaje llego por primera vez a Caravaca a finales del mes de diciembre de 1579. Tras este, regresaría a la ciudad de la Cruz en otras seis ocasiones, todas documentadas por el archivero general de la Orden del Carmelo entre los años 1579 y 1587, iniciando el viaje de todas ellas en Andalucía. En aquella época el Vate de Fontiveros era rector del colegio de Baeza y se desplazo a Caravaca requerido por la madre Teresa para asistir a las monjas del convento de San José fundado bajo su amparo en la ciudad de la Cruz. Dos posibles itinerarios pudo seguir nuestro "medio fraile", como le llamaba la Santa cariñosamente por su pequeña figura, uno sería el controlado por la Orden De Santiago a la que pertenecía la bailía de Caravaca, que desde Baeza, seguiría por Úbeda, Villanueva del Arzobispo, Beas de Segura, Hornos, Santiago de la Espada y por el río Zumeta a Yeste, Elche de la Sierra, Socovos, Moratalla y Caravaca. El otro seguiría el río Guadalquivir desde su nacimiento, atravesaría la sierra de Segura hacia Santiago de la Espada y por el Nerpio y el Campo de San Juan llegar a Moratalla y Caravaca. 

Nosotros, dispuestos a escoger, nos quedamos con los dos, mezclando según nuestras necesidades y apetencias, y lo haremos por carretera, casi todas son de escaso tráfico y discurren por los mismos paisajes que utilizando los caminos, que de seguro serán más incomodos y complicados. Sin veleidades deportivas o aventureras, lo único que pretendemos es alcanzar Caravaca de la Cruz y ganar el jubileo, pero eso no significa no poder aprovechar las oportunidades que se presenten para disfrutar del arte, la gastronomía o la naturaleza a lo largo del camino. Nuestra propuesta comienza en Baeza - en realidad en la estación de Linares-Baeza por motivos logísticos- y por Baeza, Úbeda, Sabiote, Beas de Segura, Hornos, Pontones, Santiago de la Espada y Nerpio, superar la Sierra de Segura para continuar por el Campo de San Juan y Moratalla hasta alcanzar la ciudad de la Cruz. 


Camino Sanjuanista: jornada I

Comemos con gula y avidez unos bocadillos comprados minutos antes donde Pepe el de los Jamones, con su jamón y su tocino, bien impregnados de aceite de oliva y unas rajitas de tomate. Algún viajero nos mira de reojo y en su cara se refleja la gazuza que les martiriza a esas horas. En Alicante aún tenemos tiempo de tomar café antes de subir al tren que nos llevará a Alcázar de San Juan. Lo más farragoso de la jornada no fueron los transbordos, que hasta tres tuvimos que hacer, si no el tener que desmontar alforjas y bolsas para pasar por los escáner de entrada en Alicante. Seguridad algo tonta, proyectada de cara a la galería, pues de poco sirve si en el resto de las estaciones cualquiera puede entrar como San Pedro por su casa. En Alcázar degustamos la primera cerveza, de las muchas que se sucederían a lo largo del viaje. Fue en un garito cerca de la estación y de nombre peculiar: A la vuelta lo venden tinto; buenas jaras, bien tiradas, con la espuma justa y bien frías, sabrosos pinchos y ajustado precio. Antes de las nueve estábamos en la estación para subir al media distancia que procedente de Madrid y con destino Jaén nos llevaría hasta Linares-Baeza. Nos alojamos en la antigua fonda frente la estación bien entrada la noche.


Camino Sanjuanista: jornada II

Comenzamos la mañana con las mismas tareas de todos los días a lo largo del viaje; recoger, empaquetar y desayunar, solo que hoy sentía un poco de nostalgia; viejos recuerdos de cuando mi padre ejercía de jefe estación en este importante nudo ferroviario en la década de los 70, la imagen de sus compañeros, Bonilla, Garrote, Ramírez…, desdibujada por el paso del tiempo, el viejo edificio, que salvo algunos retoques, sigue siendo el mismo. Hay menos movimientos de trenes y trabajadores pero eso es algo consustancial con los tiempos actuales. Una foto para el recuerdo y comenzamos a pedalear bajo un cielo limpio y fresco, con el olivar dominando el paisaje, tónica general que se repetirá a lo largo del día. El perfil resulto algo engañoso, sin aparentes puertos, pero de orondos montes que se repetían monótonos hasta el horizonte. No era un pedalear duro, pero se dejaba notar, en muchas ocasiones eran porcentajes sostenidos entorno al 6 por ciento que había que recomenzar una y otra vez durante los kilómetros que nos separaban de Baeza. 


Ya en la ciudad, que junto a Úbeda son Patrimonio de la Humanidad desde 2003, recorrimos su casco antiguo impregnado de la monumentalidad renacentista. De especial importancia fue la iglesia de la Santa Cruz, raro ejemplo del románico en estas tierras meridionales y para nosotros lugar iniciático de nuestro Camino de San Juan. Camino temático, dotado de un carácter eminentemente religioso, no debe, al menos esa es nuestra opinión, dejar de lado los aspectos culturales o paisajísticos. Para algunos de nosotros el camino puede ser un fin en si mismo con su cambiante trazado entre Baeza y Caravaca De la Cruz. Surge aquí el primer, y casi único,  contratiempo de nuestro viaje; nuestra máquina de fotos, una olympus tough prácticamente irrompible, dejó de funcionar, más bien su pantalla que se quedó en negro, dejándonos con la incertidumbre de si estábamos fotografiando algo o no. Esta avería deja la maquina prácticamente inservible, pues aunque pueda captar las fotos, no podemos encuadrar ni cambiar ningún parámetro que las puedan mejorar. Y la verdad es que me sorprende mucho este hecho, pues compré este modelo por su resistencia a los golpes, -y se ha llevado unos cuantos-, al agua, al polvo y a las bajas temperaturas. Ahora, sin ton ni son, sin golpe alguno, sin más, deja de funcionar. Uno no es de naturaleza desconfiada, ni cree demasiado en la obsolescencia programada, pero da que pensar, tenía poco más de dos años, si además sumamos la moda de la tarifa plana en los servicios técnicos, que andará por los 125€, será ya la tercera maquina de fotos que ira a parar al cajón del “por si acaso”.


Apenas diez kilómetros de un cómodo carril-bici nos separan de Úbeda y su impresionante casco antiguo evocador del monumental siglo XVI. En el entorno del carmelita convento de San Miguel, allá por 1627, se construyo el oratorio de San Juan de la Cruz, para albergar algunas de sus pertenencias más próximas y en 1978 se inauguró un Museo con objetos relacionados con la vida y obra del santo. La entereza y mansedumbre con la que soporto las penalidades y las feroces persecuciones a las que fue sometido, extendieron por la ciudad un olor de santidad. A su muerte, para evitar su desmembramiento por el afán de los fieles en conservar alguna parte de su cuerpo como reliquia, fue trasladado en secreto hasta Segovia, al convento de los Carmelitas descalzos donde reposa en la actualidad. Tras recorrer una buena parte del casco antiguo retomamos el camino en dirección a Sabiote, por carretera de poco tráfico y de pedalear fácil. Entramos en el pueblo, la carretera se transforma en calle principal, miramos a uno y otro lado y una especie de extrañeza se apodera de nosotros, es buena hora para el trapeo pero no vemos ningún bar. Es raro, tampoco se veía mucha gente por la calle. Al fin vemos unas señoras junto a un coche, preguntamos por un sitio para comer y nos mandan retroceder un par de calles:

-Vuelvan ustedes hacia tras y la segunda calle a la derecha, al final encontraran el restaurante, a la derecha también.

Damos las gracias y nos encaminamos al lugar, pero esta cerrado. Vemos venir un coche a toda velocidad y nos apartamos temerosos, eran las señoras que querían disculparse, tras hablar con nosotros se dieron cuenta que era el día de cierre del local. Solicitas nos indicaron otro, incluso se ofrecieron a acompañarnos. Nos negamos amablemente, estábamos seguros de que terminaríamos encontrándolo nosotros mismos como así sucedió.


Aproximadamente una hora después comenzábamos de nuevo a pedalear. Callejeamos un poco buscando el antiguo convento carmelita, hoy reconvertido en centro cultural, que a estas horas estaba cerrado. El final de la calle peatonal donde se encuentra el convento esta la estatua en bronce de un prohombre de la localidad, que aparenta estar sentado en un banco. Justo enfrente también sentado en un banco, un hombre vestido de chaqueta y corbata, de edad avanzada, en actitud pensativa, semejaba ser el reflejo del otro. Entablamos conversación llegando al conocimiento de que se trataba de Don José Torres Blanco, hombre cultivado que nos ha prometido, en cuanto se presente la ocasión, ilustrarnos sobre el pasado y el presente de este extraordinario pueblo, recomendándonos encarecidamente que visitáramos, como así hicimos, el castillo. Bajo su muralla una fresca fuente nos permitirá, si así lo deseamos, llenar nuestros bidones, se encuentra en el centro de un mirador que nos ofrece una extensa panorámica de los campos que se extienden por el este hasta el horizonte, donde transcurrirán nuestros próximos kilómetros. Salimos sujetando los frenos con firmeza, por un camino cementado a los pies del castillo, hasta enlazar con una carreterilla que serpentea trepando los cerros cuajados de olivos. Subida engañosa la de estos ceros que nos harán sudar. Coronados, bajamos hacia la carretera nacional. Seguimos bajando para llegar a Villacarrillo. Entramos en el pueblo en busca de una terraza para refrescarnos, la encontramos y desde la mesa de al lado, unos chiquillos miran con admiración las bicicletas, en especial la de Antonio que es eléctrica, y con orgullo nos comunican que ellos también tienen una; de montaña, puntualizan, aunque bajando la vista reconocen que no es eléctrica. El tramo hasta Villanueva del Arzobispo lo bueno que tiene es que es casi todo en bajada, pero el tráfico es alto por esta N-322 y nos sentimos incómodos. A su lado se construye la autovía, en el futuro no sabemos si podremos pasar por aquí. Llegados al hotel, nos facilitan con amabilidad un lugar para dejar las bicis, enchufe incluido. Tras la ducha recorremos el pueblo de bar en bar, tampoco encontramos cosa mejor que hacer, y a pesar del tapeo, terminamos cenando en el restaurante del hotel a nuestro regreso. 


Camino Sanjuanista: Jornada III

Son las ocho y hace algo de fresco cuando bajamos a desayunar, tomamos las consabidas tostadas con aceite, por estos lares un manjar excelso. Pronto comenzamos nuestra andadura, no hay mucho tráfico y es un pedalear cómodo. A nuestra izquierda se dejan ver algún viaducto del del que iba a ser el ferrocarril de Cadiz a Saint-Giron, en su tramo de Linares-Baeza a Albacete, que hoy para nuestro disfrute se esta acondicionando como vía verde. En un momento dado abandonamos la N-322 y Beas de Segura aparece al otro lado de la fértil vega del Guadalimar con sus casar apiñadas en pendiente al rededor de la iglesia. Entramos en el pueblo siguiendo el río hasta dar con el convento carmelita que fundó Santa Teresa el 24 de febrero de 1575, el primero de Andalucía. En el invierno de 2015 estuve por la zona siguiendo las Huellas de Santa Teresa y esto es lo que escribí de mi visita al convento: “…en el convento un torno, y tras el torno una voz. Voz de mujer que suena calma y melodiosa. Gira el torno y aparece una llave, nos sirve para visitar el relicario. Volvemos al torno, gira de nuevo y aparece otra llave, más grande, pulida por el uso, la introducimos en la cerradura de una enorme puerta de vieja madera que cede tras un chasquido metálico. Como el relicario, el templo está a oscuras, solo se aprecia una pequeña luz roja junto a la pared; es un monedero, depositamos un euro en él y la luz se hace. Volvemos al torno, dejamos la llave y damos las gracias…”. Antes intenté tomar un dulce en una pastelería, quizá la única del pueblo, recordaba haber comido aquí una especie de torta de hojaldre con cabello de ángel en su interior que estaba riquísima, pero Antonio se opuso con rotundidad: 

-Yo aquí en la calle no dejo la bici y además estorba en esta acera tan estrecha. 

Yo miro a uno y otro lado, la calle desierta, ni peatones ni vehículos se ven de una punta a otra a esta hora de la mañana, me encojo de hombros y reemprendemos el camino. Salir de Beas no es tarea fácil, al menos por donde nosotros lo hicimos, una áspera pendiente que forma una enorme ese al final del pueblo nos obligo a dar lo mejor de nosotros mismos. Ganada la altura, salimos a la carretera entre casas humildes, el espectáculo del valle se extiende a nuestros pies, el Guadalquivir invisible tras unas primeras alturas de Cazorla, detrás, la sierra de Segura corta el horizonte amenazante. La carreterilla asciende suave por un pequeño valle que refresca el riachuelo de Beas, la abundante vegetación de ribera, en esta época con exuberante colorido, es sustituida hacia las alturas por el pino que lucha por no ser engullido por el olivar. Se suceden pequeñas aldeas que dan vida al paisaje con sus casas encaladas, deslumbrantes ante el fondo grisáceo de los olivos. Hasta Cañada Catena, la carreterilla (A-314) iba tomando altura con mesura, porcentajes sobre el 3 por ciento era lo habitual, pero ahora se empina con decisión, aparecen las carrascas y el pinar se hace más intenso, serán algo más de dos kilómetros antes de poder superar el collado y detenernos a contemplar lo que nos espera. Imponente la Sierra de Segura; a sus pies, Hornos parece un nido de águilas colgado sobre el valle, iluminado en un extraño contraluz por el sol del medio día, un poco más cerca, en el valle, Cortijos Nuevos. Esa noche escribía en Facebook: “Me molestan estas subidas, duras pero que nadie cataloga de puertos y que nada les tienen que envidiar. Así te pegas una paliza, más con las alforjas, pero no puedes vacilarle a los amigos de que has subido tal o cual puerto, y eso aunque no lo parezca jode”. Cortijos Nuevos, supongo que el nombre vendrá de otros cortijos que quizá el Tranco sepultó, es un buen sitio para parar. En una terraza unas madres toman el aperitivo con sus hijos de corta edad, les puede la curiosidad y quieren saber a donde vamos, se sorprenden al decirles que a Santiago de la Espada, fruncen los labios y con un gesto de la mano arriba y abajo nos hacen saber de la forma más expresiva lo que nos espera, pero aún se extrañan más cuando les decimos de donde venimos. Tomo una cerveza y me ponen un plato de oreja en salsa ¡me encanta, han acertado! 


Subimos un poco y el Tranco se deja ver algo mermado por la sequía, bajamos y comienza la “graciosa” subida a Hornos, rampones del 12 por ciento que con las alforjas nos hacen reír. Ya en el pueblo propongo a Antonío tomar otra cerveza, pero no le seduce, hace poco más de media hora que hemos tomado una y decidimos continuar, craso error que pagaremos más tarde. Comenzamos poco después una larga ascensión a la Sierra de Segura con porcentajes que bailaban alrededor del 11 por ciento. Pasan los kilómetros pero tenemos la sensación de no avanzar lo suficiente, una tras otra se suceden curvas y rampas, machaconas e inmutables, las alegrías nos las dan algunos miradores que nos permiten por unos momentos descansar contemplando el excelso paisaje que se abre ante nosotros, podemos contemplar Cazorla casi al completo con sus grandes picos difuminados por la distancia, las desafiantes alturas de la sierra de las Villas copan altivas el horizonte por el oeste solo separada de nosotros por el embalse.


Poco a poco vamos perdiendo fuelle, las cuestas parecen más duras que nunca y las alforjas; como pesan las alforjas. Creo que lo que escribí esa noche refleja las sensaciones del último tramo de subidas: “…las piernas más duras, hirviendo, pero tu cada vez más despacio, notas que aquello no va, paras comes algo, pero nada, sigues sin andar. Recurres a la “técnica” y te tomas un “chupetín” de esos que llevan productos imposibles de leer y sabor asqueroso, pensando que así lograras andar de nuevo y sorprendido ves que tampoco vas. Esperas, quizá dentro de poco haga efecto, pero nada y al final no te queda más remedio que ponerle algo tan antiguo como la propia vida; “guevos” hasta reventar, que al final es lo que nos ha pasado…”. Por fin coronamos, nos abrigamos, pero en la bajada hacia pontones notamos como se enfría el sudor con rapidez, algún escalofrío se deja sentir a lo largo de la espina dorsal, no sé si de frío o agotamiento. Llegamos a pontones y estamos exhaustos, buscamos un bar donde paliar de alguna manera ese cansancio que nos bloquea, no solo a nosotros, también la batería de Antonio esta en las últimas, tenemos que tomar una decisión, no hay tiempo de recargar, la noche se nos echara encima y al verdad hay que reconocerlo no estamos en condiciones de seguir. Nos ponemos una magnífica excusa: la batería, para justificar el quedarnos a pasar la noche en Pontones que para eso hay un hotel. Yo, hombre cumplido, decido llamar al hotel de Santiago para comunicarle al dueño que no llegaríamos y anular la reserva, el sabía que viajábamos en bicicleta. Preocupado pensó que habríamos tenido un percance, cuando le mentí piadosamente diciéndole que era la batería y que estábamos en el bar de Pontones, su respuesta fue: -No te muevas de ahí voy a por ti.
Ya no hubo más opciones. El tramo hasta Santiago de la Espada y el hostal San Francisco lo hicimos cómodamente en furgoneta. Esa noche comimos y bebimos en exceso, pero eso no es lo que más importa de esta historia.


Camino Sanjuanista: jornada IV

A la mañana siguiente estábamos totalmente recuperados, con algo de resquemor por no haber completado la etapa anterior como teníamos previsto. Pero eso fue ayer, hoy toca lo que creo que será una jornada preciosa bajando el valle de un Taibilla aun joven. Hace fresco y nos abrigamos, en la bajada hasta el Zumeta lo notan orejas y manos, hasta se escapa alguna lagrima, pero pronto entramos en calor. Comenzamos a subir el puerto del Pinar, pero miramos más hacia tras que para adelante, el paisaje que queda a nuestras espaldas puede que sea uno de los más bonitos de la sierra de Segura. De izquierda a derecha se extiende toda la cuerda de la sierra; bajo nuestros pies el Zumeta ha laborado un espectacular desfiladero hasta sus juntas con el Segura, a estas tempranas horas de la mañana difuminado con una ligera niebla entre la que sobresalen las rojas copas de álamos; La Matea y Santiago, se desperezan soñolientos sobre la ladera. El sol, aun joven, se asoma sobre los cortados calcáreos y juguetea entre las ramas de los pinos, lucha con la niebla hasta disiparla pintando el barranco del Zumeta con mil tonos otoñales, nos gustaría quedarnos pero el Taibilla nos espera. Nos vamos introduciendo en la espesura donde los pinos dejan espacio a algunas carrascas y a pequeños prados que rebaños de cabras y ovejas recorren a sus anchas sin guía ni pastor, incluso se detienen insolentes en el asfalto a contemplarnos. 15 kilómetros disfrutaremos de esta subida, y he dicho bien, porque esta subida se disfruta, la carretera, de buen asfalto, serpentea entre los grandes pinos en constante subida, pero sin rampas imposibles, deparándonos bellos rincones y una vegetación exuberante entre la que surgen cortijos apartados.



Comenzamos una suave bajada hasta encontrarnos con el cruce del camino asfaltado que nos llevará hasta el Nerpio. Comienza con un asfalto en malas condiciones, grandes baches que en algunos casos son trozos de carretera sin asfalto, pero solo nos importa por que nos distrae del paisaje que se empieza a insinuar. Entre bache y bache me vienen recuerdos de otros viajes, cuando esta carretera era solo un camino sin asfaltar; iba en dirección a la Puebla de Don Fadrique, llegaba la noche y tenía que buscar un lugar donde pernoctar. Estaba en plena sierra. Una enorme carrasca vino en mi ayuda, monte la tienda bajo ella pero me faltaba agua, solo había cerca unas casas totalmente a oscuras, me armé de  valor y me acerqué hasta ellas. Llamé; poco tiempo después que Ami se me hizo interminable, se abrió la parte superior de la hoja de una puerta, dos caras me miraban con ojos de espanto y no era para menos, yo entonces no llegaba a los cuarenta años, barbas negras, pobladas, vestía indumentaria ceñida de colores extravagantes, y si a eso añadimos la poca luz, tenemos el cuadro completo. Pedirles agua y cerrarse la puerta de golpe fue todo uno. Giraba sobre mi mismo para marcharme cuando oí de nuevo el chirriar de la puerta, me vuelvo y veo a la pareja que rondaría los 60 con una garrafa de agua en las manos, llene los bidones, les di las gracias, cerraron la puerta y yo regresé a mi carrasca. En toda la escena solo sonaron mis palabras pidiendo el agua y dando las gracias; después el silencio absoluto.



La carreterilla tiende cada vez con más decisión hacia el descenso, vamos pasando pequeñas cortijadas solidarias a la ladera, alguna obra deja ver algo de vida. En un recodo vemos la fortaleza de Pedro Andrés; la perdemos de nuevo hasta que el pueblo aparece por sorpresa delante nuestro. Un bar con terraza, el lugar ideal para detenerse y tomar algo, es ya media mañana. En el local la señora que lo atiende y nosotros, no hay nadie más. Nos pedimos unas cervezas y nos las acompaña de frutos secos. Acuden un par de parroquianos y entablamos conversación, preguntan y preguntamos y entre unas cosas y otras termino contando lo que paso aquella noche un poco más arriba, uno de ellos se interesa, me pide más información, le recuerda algo que le contaron sus suegros hace ya veinte años, ¡que casualidades depara la vida! Le pregunte si vivían, me dijo que sí y le pedí encarecidamente que volviera a darle las gracias de mi parte.


Continuamos pedaleando sin esfuerzo, disfrutando del paisaje que nos regala el Taibilla decorado en estos días con una infinita paleta de amarillos y rojos que pintan nogales y álamos junto al resto de la rica vegetación de ribera. Se suceden uno tras otro grandes ejemplares de nogueras, troncos robustos y airosas copas, hasta llegar al desgraciado Plantón del Cobacho, otrora altivo y poderoso, lleno de vida y hoy monumento a la estupidez humana, vivió cientos de años con los cuidados que le depararon distintas generaciones de agricultores hasta que se hicieron cargo de él los técnicos de la Junta y este es el resultado. El Nerpio aparece sin avisar, cruzamos su plaza, el puente sobre el Taibilla y nos encaminamos al Nevazo, local conocido y en que siempre nos han tratado bien y esta vez no será menos. 


Comenzamos de nuevo a pedalear, ahora por el camino de las Bojadillas, preciosa carreterilla que bordea por el sur el valle de Arroyo Tercero hasta su encuentro con la rambla de la Rogativa, que baja del macizo de Revolcadores y hay que cruzar por vado de cemento que apenas llega a mojar las cubiertas. Cruzamos Arroyo Tercero por un minimalista desfiladero hasta desembocar en la carretera que nos lleva hasta el Sabinar, punto final de esta etapa. El pueblo tiene tres bares vacíos y una iglesia, también vacía, dos supermercados y varias plazas que paseamos a la espera de la cena.


Camino Sanjuanista: Jornada V

31 euros por cabeza hemos pagado por alojamiento, cena y desayuno en la pensión El Nevazo. Durante la cena, mientras mojábamos ávidos trozos de pan en la untuosa yema de unos huevos fritos, manchados con el sabroso pringue del chorizo, debatimos hacer una variación del recorrido; en lugar de seguir por el Campo de San Juan y Moratalla, ya conocido nuestro, usaríamos la variante de Archivel inédita para nosotros en bicicleta y por una carreterita que sigue al Argos hacia Caravaca presentarnos en la ciudad de la Cruz, recorrido incluso más corto que el anterior y probablemente más suave.
Nos decidimos por él y tras desayunar nos encaminamos hacia Archivel, en el pueblo paramos en El Chita, local de referencia en la zona y que Juan, su propietario, trabaja con pasión. Bocadillo, cerveza y algunos aceitunas serían suficiente para la tarea que nos quedaba. El recorrido llano y el poco kilometraje hizo que a media mañana llegáramos a Caravaca; Antonio desconocía el paraje de las Fuentes del Marques y aprovechamos para visitarlo; después, la habitual subida a la Basílica, presentar nuestros respetos a la Cruz, visitar la oficina del peregrino y obtener nuestro ansiado certificado, habíamos ganado el Jubileo después de recorrer más de 250 kilómetros y visitar una docena de poblaciones. Cuatro, casi cinco días de convivencia con mi amigo Antonio Máximo, de comprobar el buen comportamiento de las cada vez más fiables bicicletas eléctricas y de vivir el camino de forma diferente, cada uno con su forma de sentir la religiosidad, pero que no es condición exclusiva para realizar esta ruta que bien merece el recorrido por si misma, interesante para cualquier ciclista. Un viaje variado y ameno, encontraremos en él ciudades monumentales a paisajes excepcionales, preciosos en esta época del año, buena gente y la posibilidad de disfrutar de una variada gastronomía, en especial esa costumbre tan española del tapeo que en Andalucía se vuelve exuberante y esplendorosa.


Mariano Vicente, noviembre de 2017

jueves, 22 de junio de 2017

200 Millas 2017 Jornada 2: Nerpio-Murcia



A las ocho estábamos desayunando, unas tostadas, alguna magdalena y unos cafés es cuanto necesitamos para ponernos en marcha. Anoche nada más llegar y tras la ducha lavamos la ropa y la pusimos a secar para hoy, no es cuestión de traer mucho equipaje. Chanclas, camiseta y pantalón para estar presentable en la cena, cepillo de dientes, crema para el sol y poco más. El hostal Los Nogales es al Nerpio en tiempos modernos lo que la fonda fue en tiempos pretéritos, pregunto por las perdices escabechadas y me llevo un disgusto: ya no se hacen -me dice la propietaria-, lo que si se sigue haciendo es el lomo de orza. Cenamos abundante y rico y pronto nos fuimos a dormir, estábamos cansados, muy cansados, la distancia, el desnivel, pero sobretodo el calor nos habían castigado de lo lindo. Nuestras compañeras a buen recaudo en un almacén aledaño.



Hemos escogido para la vuelta el camino de Moratalla por el Campo de San Juan, después será el Segura el que nos lleve hasta casa. Salimos por la carreterilla de las Bojadillas, para mi mucho más bonita que la tradicional del pantano, incluso me atrevería a decir que también es más suave. A esta hora se pedalea a gusto; el sol, aún bajo, no molesta demasiado. Llegamos a la rambla de la Rogativa que cruzamos mojando las cubiertas, no hay puente y el agua salta por encima de un vado de cemento. Entramos sin solución de continuidad en el desfiladero que forma el Calarico del Hambre y el Arroyo Tercero para cruzar otro vado en el que el agua pasa por unos tubos a modo de puente. Salimos a la carretera que nos llevará en constante subida hasta el Sabinar. El campo de San Juan nos recibe pleno de fragancias con sus plantaciones de aromáticas, de pedaleo fácil hasta que tienes que abandonarlo a la altura de la presa de La Risca, comienza aquí un pequeño puerto, algo engañoso, que te hace esforzarte más de lo te gustaría. Superado, entras en el Campo de Bejar y sales por otro puerto; el de Los Álamos, que por esta cara es mucho más sencillo que por el lado de Moratalla. Descenso enlazando una curva tras otra, llegando al vértigo, sin apenas tráfico, hasta entrar en el pueblo. Nos detenemos en una terraza orientada al norte del primer bar que encontramos. Parada y fonda.



De Moratalla a Calasparra apenas es un paseo, pero ya comienza a dejarse notar el calor. El sol es un disco blanquecino como de metal fundido que amenaza con derretir el asfalto. Pasado Calasparra enfilamos la carretera de Jumilla hasta la Venta Reales, donde nos desviamos a la derecha hacia Cieza, este tramo junto al recorrido por el valle del Segura será lo más duro de la etapa, no por los desniveles, sino por el calor. Aquí se dejara notar en toda su extensión, al aire pesado y caliente le cuesta entrar en los pulmones, bebes pero no sirve de nada, la boca seca, pastosa, la lengua empeñada en solidificarse con el paladar y tu chupando el bote a cada instante, pero todo sigue igual. Por eso paramos antes de entrar en Cieza, y por eso nos pedimos pulpo al horno, salpicón de marisco, croquetas, rulos de queso y beicon, cerveza, mucha cerveza, que si hay que sufrir se sufre, pero que nos quiten lo “bailao”. De la Perla del Segura en adelante entramos de lleno en el Valle del Segura; Abarán, Blanca, Ojós, Villanueva, Archena, se suceden una detrás de otra como si fueran todo una, con la mente más pendiente del calor, del cansancio que de los lugares tan maravillosos por los que estamos transitando. En casa, viendo las fotos, la verdad es que me sorprendo, no recuerdo cuando las hice, debía de pedalear como un autómata.



Paramos en Molina, en el bar que hay junto a la vía verde, en la ermita de la Consolación, pero con tan mala suerte que estaban cerrando y solo pudimos comprar cuatro botellas grandes de agua bien fría, una por cabeza. A partir de este momento nos planteamos el camino más corto, ¿la vía verde? Sí, allá vamos.


Murcia, 17 de junio de 2017

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miércoles, 21 de junio de 2017

200 Millas 2017 Jornada 1: Lorca-Nerpio



Con Aviso Naranja por Altas Temperaturas nos sorprende la AEMET justo unos días antes de la fecha señalada para las 200 Millas de este año. Los días solicitados en el trabajo, bici y equipaje preparado y nuestras ganas intactas. ¡Tampoco será el león tan fiero como lo pintan! Fue nuestra justificación, la defensa utilizada para no suspender nuestro viaje. ¡Inconscientes!
No sé si el león era tan fiero o no, pero calor hizo y mucho. La historia comienza en el andén de la estación de Murcia, son las siete y cuarto y allí nos hemos presentado Juan Bautista, Antonio Cervantes, su yerno Ariel, Ángel y yo, para subir al tren de cercanías que nos llevará en aproximadamente una hora hasta Lorca, donde comenzará nuestra ruta, no sin antes propinarnos un buen desayuno en el Mesón Lorquino.



Son las nueve y diez cuando comenzamos a pedalear sin mucho calor y algo de tráfico hasta la carretera de la Fuensanta, bajo la inquisitiva vigilancia de la torre Alfonsina. Comienzan las cuestas y comenzamos a notar el calor, pedaleamos alegres, las fuerzas intactas, tenemos unos 150 kilómetros por delante y un importante desnivel, pero no nos preocupa demasiado, tenemos suficientes lugares donde repostar y refrescarnos, el primero será en Vélez Blanco, pero antes nos lo tendremos que ganar. El horizonte lo dominan el Gigante y el Pericay, a los que nos dirigimos casi en línea recta, más a la izquierda, difuminada por la calima, la Sierra de María.



A la altura del embalse de Puentes giramos decididamente al oeste. Pasada la Fuensanta comienza a dibujarse en el horizonte, sobre un elevado cerro, los restos del medieval castillo de Xiquena. Conforme nos acercamos se definen con mayor claridad su airosa construcción, aún que muy deteriorado. Castillo roquedo con doble línea de fortificación, los lienzos rojos de sus muros contrastan con un cielo blanquecino. Pronto es sustituido por el de los Fajardo, recostado en las laderas de la Sierra de María, renacentista y en mucho mejor estado. Conquistarlo no será tarea fácil; serán cuatro kilómetros de dura subida bajo un sol de justicia, menos mal que nos vamos a resarcir. Riñones, albóndigas, patatas bravas, más riñones y cerveza, mucha cerveza para combatir el calor que ya se deja notar ¡y de qué forma!



Repuestos, abastecidos de agua en la fuente, continuamos nuestro camino. La carretera envejece por momentos, pinchazo en la rueda delantera, ni una sombra a mano. Reparo con la ayuda de Ariel y continuamos a delante. Menos de dos minutos y otro pinchazo que más parece un reventón, y en la misma rueda. La observamos casi como si fuera una bacteria a través de un microscopio para descubrir un par de profundos cortes, uno en un costado, el otro en plena banda de rodadura, ¡y solo tiene un par de meses! Tiramos de experiencia para colocar por el interior de la cubierta un par de trozos de tubular que siempre llevo en cima para estos casos. No nos dará más problemas en los siguientes doscientos kilómetros.



Nos acercamos a Topares entre rubios y ondulados campos de cereal y nos sorprende con una “tachuela” de un par de kilómetros con rampas que llegan al seis por ciento y un sol de plomo. ¿Habrá bar? No podemos pasar de largo, hay que refrigerarse e incluso comer algo. Hubo suerte; un bar, terraza a la sombra. Cerveza, mucha cerveza y unos ricos bocadillos de solomillo, ¡y hasta helados! Lo peor viene a continuación; tras una bajada, la carretera se empina suavemente franqueada de cardos descomunales. El 1, el 2, el 3, el 4 por ciento y el sol oprimiendo la espalda, el casco caliente, las gafas queman. Sudor, crema protectora, lodo blanquecino que se precipita codo abajo, los ojos entrecerrados, el cerebro casi en blanco. Pedaleo en modo supervivencia superando las dificultades, pero otros aún lo están pasando peor. Ángel decide que no puede más y no hay forma de convencerlo. Abandona y su hijo vendrá a recogerlo, nos desea suerte y seguimos adelante.



Pedaleamos ahora por la C-330 en dirección a la Puebla de Don Fadrique, con algo de tráfico, que abandonamos a la altura del Moral. La carretera se estrecha y deteriora, tenemos que ir pendientes de los baches, pero nada más, ni un coche en todo el recorrido hasta Cañada de la Cruz. Llevamos más de 100 km. cuando nos detenemos frente al bar y aún nos queda lo más duro de la subida. Refrescos, agua, arroz con leche, helados, todo es bueno para poder continuar. Juan y Ariel, más fuertes y jóvenes, se marchan delante. Nos han comentado no sé que de unos geocaches a la altura del Plantón del Cobacho. Antonio y yo nos lo tomamos con calma, pedaleamos por una la carreterilla hacia la fuente de la Carrasca, la pedanía más meridional del municipio del Nerpio, rodeando la Sierra de las Cabras, techo de la provincia de Albacete con más de 2.000 metros. La subida se deja notar, en algún punto supera el 11 %, menos mal que el sol está ya bajo y el calor ha disminuido considerablemente aunque la temperatura sigue siendo alta. Tenemos que llevar cuidado con el asfalto en algunos puntos en muy mal estado, incluso llega a desaparecer en algunos metros. Poco a poco vamos girando en dirección norte y alcanzando las partes más elevadas de la ruta. Cuando ganamos los 1.580 metros el sol luce un rojo encendido y comienza a alargar las sombras en los valles. En Cañadas de Abajo, las cabras habitan el caserío, mientras nosotros seguimos esforzándonos, aún no es franca la bajada. 



Ahora sí, en un collado la carretera cambia a un excelente asfalto y nos dejamos caer a tumba abierta, dichosos, casi eufóricos, hacia el almenado Pedro Andrés. Nuestro esfuerzo obtiene su recompensa, ya sabemos que nada nos detendrá hasta el Nerpio. Apenas nos detenemos en el Plantón del Cobacho, un esperpento de lo que fue y ya no es. Continuamos raudos hacia el Hostal Los Nogales, cuando llegamos el sol se ha escondido tras los montes.


Mariano Vicente, junio 2017.

el track...                     algunas fotos...

lunes, 24 de noviembre de 2014

Canal del Taibilla. Recorrido completo del ramal principal



El track se ajusta, donde ello ha sido posible, con bastante fidelidad al trazado del canal, con algunas salvedades:
- El canal se adapta a la difícil orografía del terreno; para salvarlo, utiliza numerosos túneles y viaductos, que nosotros solventaremos de la mejor forma posible.
- Siempre que ha sido posible se ha utilizado el propio camino de servicio, con la salvedad de unos kilómetros antes de Casas Nuevas, que por error, el track se va hacia la izquierda cuando debería hacerlo hacia la derecha por el GR-252.
- Entre Cehegín y Bullas se ha utilizado la Vía Verde del Noroeste. Recorrido totalmente ciclable sin demasiadas dificultades, salvo las propias de la orografía. El camino de servicio presenta en numerosos tramos un piso bastante incomodo con piedra suelta y en algunos puntos como las sierras de la Muela y Espuña, fuertes pendientes. 

Hay suficientes poblaciones a lo largo del recorrido. El tramo más solitario se presenta entre Socovos y Moratalla –Sierra de la Muela y Los Cerezos-. 

Cualquier tipo de bicicleta puede ser apta para realizar el recorrido, con la excepción de las puras de carretera. Muy recomendable la utilización de bicicleta de montaña.
- Dos bicicletas se han utilizado en el recorrido; una vieja compañera del viajero, la Cannondale F 500 con suspensión delantera (Fatty) y alforjas, los dos primeros días. Cannondale Russ de doble suspensión para las jornadas 3 y 4. 

En este recorrido realizado en cuatro días se ha pernoctado el primer día en Letur (Hostal Rural Letur 687 70 57 13), y las otras dos noches en su domicilio. Para lo que se utilizo autobuses (Líneas Costa Cálida Teléfono: 968 298 927) entre Cehegín, Murcia y viceversa para el segundo día. El tercer día el ferrocarril de cercanías entre Totana y Murcia. Tanto autobuses como cercanías tienen una frecuencia aproximada de uno cada hora, entre la 7 y las 22 horas.

martes, 18 de noviembre de 2014

El Canal del Taibilla; un viaje en bicicleta. Cuarto día de viaje: Totana-Cartagena





En la calle hacía algo de fresco, pero en el tren se está muy bien. Durante el trayecto duda el viajero que será lo más conveniente, desayunar en Totana o hacerlo en El Paretón -pequeña población a 17 kilómetros de Totana y en la que conoce un par de establecimientos-. Se le eriza el vello al bajarse al andén, no hace frío pero la diferencia con el tren se nota, de todas maneras se le pasa nada más comenzar a pedalear. Desde la ventanilla ha visto a su compañero junto a las vías; las cruza para continuar a su lado, entre lechugas, brocoli y algún olivo, hasta el Guadalentín. Aquí al viajero no le queda más remedio que buscarse la vida, pues su compañero vuela entubado sobre él, lo hace por el propio cauce hasta una carreterilla que se encuentra a un centenar de metros a su derecha. Continua por ella, va paralela al canal guardando la distancia. A ratos lo ve y otros desaparece, pero él sabe que está ahí.



Hasta El Paretón sigue la carreterilla ahora convertida en vereda de ganados, la que une Lorca y Cartagena. Nada más entrar en la población se dirige al bar; bocadillo de tortilla de patatas y magra con tomate desayuna el viajero, cerveza y café, quizá no se lo más adecuado pero a él le gusta. Repuesto busca la calle de la Fragua que lo llevará al cementerio y a la que quizá, algún día, llegue a ser la Vía Verde del Campo de Cartagena. 



De pronto se lo encuentra; ahí está, olvidado y abandonado, con las entrañas pudriéndose al sol. Mudo testigo de la desidia de un pueblo -el español-, cafre y analfabeto. Ciudadanos y políticos -dignos representantes de su pueblo-, dejan perderse elementos insustituibles de nuestra cultura, de nuestras tradiciones. Pero él aún se mantiene en pie, orgulloso de su pasado; digno a pesar de haber perdido la techumbre y que las aspas yazcan desmanteladas a sus pies. Su otrora potente maquinaria, que molió el trigo para calmar el hambre de tantos hombres, se pudre lentamente a merced de los elementos. Sí ahí está, esperando el milagro que lo salve del destino al que esta inexorablemente abocado.


Entre estas y otras disquisiciones llega el viajero a la antigua plataforma ferroviaria y recuerda cuando le llamo Carmen Aycart, antes y ahora, presidenta de la Fundación de las Ferrocarriles Españoles dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, a mediados de los años 90, para preguntarle sobre el estado de esta infraestructura y del ramal de la Pinilla a Mazarrón. En inmejorables condiciones, le contesto. Salvo algunos almendros plantados por los agricultores en plena plataforma, y una fábrica de plásticos en plena construcción, por lo demás está bien. Vino, comprobaron lo expuesto y elevaron la propuesta de convertirla en vía verde al ministerio, comunidad autónoma y ayuntamientos. Después de 20 años todo esta... mucho peor. ¡País!


Demasiado tiempo ha pasado y el viajero pedalea por esta plataforma con cierta tristeza por lo que pudo haber sido y no fue, pero como es de natural optimista no pierde la esperanza. Los conejos también se han empeñado en contribuir, a su manera, en destrozar esta antigua infraestructura ferroviaria, en algunos puntos tan horadada, que hay que extremar la precaución para no caer en sus agujeros. Igual pasa con las trincheras, innumerable galerías las socavan hasta su derrumbe. Al final de una de estas trincheras, junto a la carretera E-11 de La Carrasca, gira el viajero a la izquierda siguiendo la Vereda de Venta seca para reencontrarse con su compañero, aunque por poco tiempo, la finca de los Cánovas se lo impide. Las fincas de vallan, se cierran, no importa si se incumplen leyes y costumbres, sus dueños hacen alarde de su talante y sensibilidad, demuestran así a todo el mundo que la finca es suya, mientras quienes tienen que velar por la legalidad, se pliegan ante los hechos consumados o miran para otro lado.


Rodea el viajero vallas y cadenas hasta volver a encontrarse con su viejo amigo; lo seguirá, de aquí en adelante, bien a su lado, bien sobre él. Se suceden los cultivos y algunos pueblos a los que no entran, lo que hace que el trayecto se transforme en solitario. Pedalea el viajero sobre el lomo del canal, y tras cruzar una rambla, se da de bruces con la valla de la autopista Cartagena-Vera. Afortunadamente hay un puente a su izquierda.


Domina el paisaje el esparto acompañado por algunos almendros escuálidos. El camino, ahora, es aún más solitario. Se vislumbra un caserío desperdigado en lontananza, unos perros ladran. Las casas y el terreno se confunden; ocres los campos, ocres los tejados, ocres las paredes, ocres los perros. No hay nadie; las casas, cerradas, parecen vacías. Y sin embargo, cientos de ojos lo observan. Inmóviles, siguen su paso en silencio, solo algún valido les delata. Al viajero le queda poca agua y busca a un ser humano que se la dé, pero no lo consigue. 


Continua y llega a los Puertos, lugar más civilizado y que conoce el viajero; Perín está  cerca y decide seguir su camino. Llega al pueblo y se detiene junto a la ermita, mira la hora y piensa que es buen momento para comer y el centro social un buen lugar. No se equivoca, entra la bicicleta hasta el patio interior y se acerca a la barra. En un extremo un parroquiano, palillo en mano, se entretiene en mondar sus diente uno a uno con empeño. Detrás un hombre de aspecto afable parece ser el camarero.

-Buenos días. ¿Para comer?
-De lo que ve usted aquí.

El viajero mira y ve, entre otras cosas, una apetitosa sangre frita con cebolla y piñones. Se la pide. Y también una cerveza bien fría y unas olivas. Continua con unos calamares a la romana sabrosísimos y un bonito en escabeche para chuparse los dedos; el postre un rico flan de piña. Termina el viajero con un café y un vasito de orujo de hierbas para ayudar en la digestión. Descubre que la artífice de de tales manjares es la señora del camarero, a la que ruega que felicite encarecidamente.


Sale de la diputación cartagenera para reencontrarse con su compañero, encarnado en un magnifico acueducto que salva la rambla. Sigue hacia La Corona y cruza la carretera de Isla Plana, incorporándose a la colada del Cedacero que discurre hermanada con el canal. Atraviesa alguna rambla entre pitas y baladres antes de llegar a Canteras, junto al antiguo depósito de aguas de los Ingleses, anterior a la llegada del canal. Sabe que su recorrido llega a su fin, en Tentegorra están los grandes depósitos del canal que proveen de agua a Cartagena. Al viajero poco más le resta por hacer, salvo buscar la estación de ferrocarril y un tren que le lleve a su casa y terminar así esta aventura que le ha hermanado con esta magnífica obra que es el Canal del Taibilla.
Mariano Vicente, noviembre de 2014.