jueves, 29 de julio de 2021

De las Merindades al románico palentino. Quinta jornada. De cómo dejamos atrás el románico y comenzamos el Canal de Castilla en una etapa que debía llegar a Fromista y acaba en Burgos.


Salimos de Aguilar bajo la protección de Santa Cecilia y la vigilancia de su castillo dando un pequeño rodeo para cruzar el Pisuerga y buscar la carretera que nos lleve a Alar del Rey y al Canal de Castilla. Cuando organicé el viaje, era un viaje en solitario y terminaba en Aguilar de Campoo donde, ya en tren, iría hasta Alicante y Murcia. Pero al ofrecerse Antonio a acompañarme, añadí dos etapas más, de Aguilar a Fromista y de aquí hasta Palencia por el Canal de Castilla. Desde hace años Antonio quería que le acompañara a recorrerlo, a lo que me negaba pues ya lo había hecho años atrás, por lo que programé estas dos etapas para darle gusto. Seguimos la N-611 que baja hacia el sur paralela al Pisuerga. Nos encontramos Valoria de Aguilar, Olleros de Pisuerga, Puebla de San Vicente y Nogales de Pisuerga antes de llegar a Alar. Tomamos un café y nos encaminamos al azud que nutre de agua al Canal de Castilla. Es un parque bonito, arbolado y húmedo que baña un hermoso Pisuerga. Al otro lado de la vía férrea comienza el Canal, Antonio sugiere recorrerlo por su margen izquierdo y aprovechar la sombra de los árboles que lo jalonan, yo tenía mis dudas, pues cuando hice el Canal ese lado no estaba operativo, pero ahora se encuentra totalmente ciclable.



Mira Antonio, la primera esclusa, y me acerco hasta el borde de piedra, miro para atrás y veo a Antonio en el camino, a varios metros de distancia sin prestar demasiado interés, cuando regreso junto a él, comento que no está completa que le faltan las compuertas, ya que ahora solo se emplea como canal de riego. Continuamos pedaleando y llegamos a las siguientes esclusas; segunda, tercera y cuarta, y en todas sucede lo mismo, aunque algunas están completas, el interés de Antonio parece nulo. No logro entender esta apatía cuando lleva años queriendo recorrer el Canal. Le cuento a Antonio que la vez anterior, en esta zona cercana a Herrera de Pisuerga tuvimos que utilizar el puente del ferrocarril para cruzar el río. Hoy un puente colgante junto a la presa de San Andrés permite cruzarlo cómodamente y da acceso al Centro de Interpretación del Canal, hasta hay un barco turístico que recorre esta parte, pero a Antonio tampoco parece interesarle.



En Naveros de Pisuerga un amable paisano me informa que en el pueblo hay una fuente muy buena, y allí que me acerco a rellenar el bidón. Al proseguir le digo a Antonio si de verdad tiene interés en hacer el Canal, yo estoy cansado y ya lo he recorrido. ¿Qué hay en Fromista? Me pregunta. Hombre entre otras cosas el mejor conjunto de esclusas del Canal, es cuádruple, salva casi 15 metros de desnivel, está la iglesia de San Martín de Tours referente del románico europeo, de finales del siglo XI y es lugar significativo del Camino de Santiago francés. Como respuesta me pregunta si hay alguna forma de ir directamente a Burgos que es donde hemos dejado el coche. Creo que por aquí cerca hay una carretera que nos podía llevar, le respondo y propongo parar en el primer pueblo y mirarlo. 


Paramos en un restaurante junto al canal; Carrecalzada creo que se llama. A pesar de tener terraza arbolada y mesas instaladas no sirven en la terraza, si quieres te sirves tú y te lo recoges nos dice el dueño muy apegado de sí mismo y como justificándose nos dice que tiene una puntuación de 4.7 en Google. Decidimos aquí tomar la nacional 120 que nos llevará directamente a Burgos. Poco más que contar, nos limitamos a recuperar fuerzas en Melgar de Fernamental y a seguir la carretera que va paralela a la autovía y apenas tiene tráfico y un asfalto excelente, solo una parada en Olmillos de Sasamón para refrescarnos, pueblo interesante con iglesia y castillo. En total 108 kilómetros hasta el hotel, nos vamos a quedar a descansar y mañana volveremos a Murcia.

Mariano Vicente, 29 de julio 2021 

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miércoles, 28 de julio de 2021

De las Merindades al románico palentino. Cuarta jornada. De cómo fuimos de Reinosa a Aguilar de Campoo por el románico palentino.

 


A Reinosa le pasa como a esas mujeres hermosas y elegantes que a pesar del paso del tiempo mantienen su lozanía, quizá algo decadente desde que la Naval dejo de ser el principal motor de su riqueza, donde se construían cañones y armamento para buques de guerra. Pero no hay que perder de vista que Reinosa es una de las cuatro localidades de Cantabria que ostentan el título de «ciudad», las otras tres son Santander, Torrelavega y Castro Urdiales y que por ella pasa el Camino Real y su puente sobre el Ebro. Nos alojamos en un antiguo chalet cerca de la estación, señorial y elegante, con su hermosura algo “resquebrajada” por el paso del tiempo pero que su dueño trata de compensar a base de amabilidad. Las bicicletas a resguardo en un cobertizo exprofeso. Desayunamos en el hotel y nos encaminamos hacia el centro del pueblo, Antonio ese es el antiguo casino. Antonio estas en el viejo puente de piedra sobre el Ebro en pleno Camino Real del puerto de Santander a la Meseta, Antonio este es el cañón, la calle mayor con sus soportales, el ayuntamiento…, y Antonio ni siquiera contesta, apático e indiferente. Esta es la fuente de la Aurora y eso de ahí Casa Vejo. Vamos a tomar un café y que pruebes la pantortilla.
 
-Mariano cuando te vas a enterar de que yo no puedo comer nada más, que ya he desayunado.
 
-Pero si las pantortillas se comen solas, si son unas tortas finitas de hojaldre con una capa de azúcar caramelizada por arriba y que al morderlas estallan dentro de la boca en mil diminutos pedazos.

-Que no, que no puedo y no se hable más.

Bueno él se lo pierde porque la verdad es que están muy buenas, por lo menos a mí me gustan. Dicen los “maledicentes” que la pantortilla solo se puede hacer en Reinosa, que en otro sitio es imposible, solo aquí se dan las condiciones de frío, humedad y agua para su elaboración. Bueno si ellos lo dicen, así será.

 
Salimos hacia Nestares, la carretera paralela al joven Ebro que nace un poco más arriba.  Apático como estaba Antonio, paso de hacerle parar en Villacantid y visitar el centro de interpretación del románico ubicado en la iglesia de Santa María la Mayor. A continuación, Salces y Fontibre. Parece que Antonio se anima un poco ante la perspectiva de visitar el nacimiento del Ebro. La palabra Ebro deriva del antiguo topónimo Iber, que da también nombre a los pueblos íberos y por asociación a la península Ibérica. La palabra parece muy global ya que "Ibar" en lengua vasca significa ribera o margen de río. Antonio parece contento, me dice que es el tercer “nacimiento” que visita, aunque hoy ya se sabe que este no es realmente el nacimiento. Había sospechas de que geográficamente el río Ebro tiene su nacimiento en Peña-Labra, en el circo del pico Tres Mares, en las fuentes del Híjar. En 1987 se llevó a cabo un estudio por el Instituto Geológico y Minero de España vertiendo fluoresceína en el Híjar. Pasadas 32 horas aparecía el agua teñida en la Fuentona de Fontibre, un pequeño espacio circular rodeado de fresnos y chopos, con un pequeño monolito de piedra coronado por una imagen de la Virgen del Pilar, no parece gran cosa, pero aquí comienza tradicionalmente el recorrido del río más largo de España, pues el Duero y el Tajo los compartimos con Portugal y el segundo que desemboca en el Mediterráneo después del Nilo.


En Espinilla giramos decididamente hacia el sur cruzando el Híjar, la carretera se empina suave y constantemente, tendencia que ya no abandonará hasta El Alto de Brañosera, y entre Población de Suso y Salcedillo cambiaremos de provincia y comunidad autónoma. El pedaleo es cómodo por una carretera en perfecto estado, a uno y otro lado se extienden verdes campos que combinan los prados con los bosques. Conforme ganamos altura también lo hace el ganado bovino, rebaños de vacas, en su mayoría rubias rumian por los campos que alguna que otra águila sobrevuela. Superado el collado de Somahoz, la carretera nos engaña, una pequeña bajada nos hace creer que ya hemos superado la subida y nos hace confundir el pequeño pueblo de Salcedillo con Brañosera ¡que torpes!




Seguimos subiendo y aparece algún que otro buitre sobrevolando los campos. Voy mirando hacia el collado y creo distinguir una caterva de ellos saltando como gorriones por el prado. Se lo digo a Antonio que me mira, primero con sorpresa, luego con desdén. Seguro que piensa que estoy desvariando. En una pequeña vaguada ve como algunos de ellos, pesados y torpones tratan de remontar el vuelo, pero la gran sorpresa se la lleva al llegar al collado, más de un centenar de buitres se encuentran en el campo; unos amontonados tratando de mondar un esqueleto blanquecino mientras el resto se persiguen unos a otros dando saltitos por el prado. De pronto y sin previo aviso, todos comienzan a remontar el vuelo a grandes zancadas llenando el cielo de sombras oscuras, en poco tiempo han desaparecido de nuestra vista. Antonio siempre ha visto los buitres en el aire y no podía imaginar que corrieran por el campo a grandes zancadas o dando saltitos. Yo los he visto acosando a vacas recién paridas para comer la placenta y si se descuidan incluso al ternero.




Comenzamos una vertiginosa bajada que nos deja en Brañosera que atesora la primera carta puebla del año 824 cuando aún pertenecía al Reino de Asturias, que lo convierte en el primer ayuntamiento de España. Estamos en plena montaña palentina, al sur de la sierra de Híjar, en el Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre. Paramos a recrearnos un poco con el pueblo y el paisaje, queremos tomar algo, pero solo será un refresco, por estas tierras es demasiado temprano para que las cocinas estén funcionando. Seguimos pedaleando hacia Barruelo con su museo minero y el pozo Calero, el más emblemático de la cuenca minera palentina. Su historia industrial está ligada a la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España que inició la explotación en exclusividad de los yacimientos de Barruelo y Orbó en los años sesenta del siglo XIX. La excepcional calidad del carbón (hulla semigrasa) de la cuenca se dedicó a un único fin, su uso en los ferrocarriles españoles.




Un carril-bici aprovecha el arcén de la carretera, está separado del tráfico lo que nos da tranquilidad y como es bajada nos plantamos en poco tiempo en Cillamayor para comenzar nuestro recorrido por el románico palentino y lo hacemos de la mejor manera posible, por la iglesia de Santa María la Real. Se trata de un templo construido en sillería de piedra arenisca, el ábside es del siglo XII y el resto de la nave se construye a continuación. La torre aprovecha la antigua espadaña como muro trasero y se le adosan los otros tres. La nave es de planta rectangular y el ábside es un poco raro donde se une a la nave, deja de ser semicircular y pasa a tener los lienzos rectos, los canecillos son sencillos, pero de buena factura. En una de las paredes hay un escudo de Cillamayor formado por nueve panes, lo que confirma que en el pueblo hubiera una “cilla” o panera mayor. Durante la última restauración se descubrió una necrópolis con varias tumbas de lajas y sarcófagos antropomorfos. Mientras rodeo la iglesia haciendo fotos echo de menos a Antonio, no le veo, cuando doy la vuelta al ábside le veo a cincuenta metros de la iglesia a la sombra de una vivienda mirando absorto el GPS, esto se está convirtiendo en la tónica del viaje.




La subida a Matabuena nos hace sudar, el sol aprieta y la temperatura alcanza cifras cercanas a los cuarenta grados. El paisaje ha cambiado, los bosques casi han desaparecido sustituidos por manchas aisladas, los campos de cereal y los prados los sustituyen. La iglesia de San Andrés, menos atractiva que la de Cillamayor, muestra esta vez sí, “una espadaña como Dios manda” y es del siglo XII. Antonio empieza a ponerse nervioso, la ruta se introduce ahora por caminos rurales en buen estado, pero que a Antonio le gustan poco. Lleva la bici con todo el peso en un trasportín, de esos que se sujetan a la tija, y tiene miedo de que no aguante. El camino es solitario a esta hora cercana al medio día y está bien señalizado, algunas vacas contemplan con indiferencia nuestro paso, una bandada de ruidosas cornejas alzan el vuelo. Una larga bajada nos conduce a Bustillo de Santullán y su iglesia de maciza espadaña y piedra rojiza de san Bartolomé. Muy cerca, Villanueva de la Torre y su espléndida iglesia de Santa Marina del siglo XII. Es de nave única rematada por un ábside y una torre de sillería que rompe con el esquema románico que parece más defensiva que religiosa, un conjunto de torre, nave y ábside realmente armonioso.




Nuestra próxima meta es mucho más pragmática, llenar el estómago que ya es hora. Nos dirigimos sin más dilación a Salinas donde sabemos que hay un par de sitios. Escogemos uno que nos han recomendado por su relación calidad-precio situado en la esquina de la plaza, una vieja casona de bajo dintel, interior oscuro y acogedor, el comedor separado por un grueso arco, las mesas ocupadas por parejas, una de ellas joven con un niño, las otras dos de nuestra edad y ellos ciclistas. Conversación no nos faltó. Comimos bien, rico y abundante, bien atendidos, yo hasta comí dos postres, no podía dejar de probar el frío coctel de frutas trituradas.
 
Antonio no está por seguir merodeando por los caminos y prefiere seguir por carretera, la verdad es que el calor, la hora y el estómago lleno, ayudan a tomar según qué decisiones. Dejamos atrás la iglesia que en este caso no es románica, sino gótica del XVI y cruzamos el Pisuerga. Despreciamos el camino que sale junto al río por su margen derecha y que nos llevaría a Barcenilla de Pisuerga para seguir por carretera hacia Barrio de Santa María, pueblo que no se conforma con una iglesia, sino que tiene dos; la de santa Eulalia y la de la Asunción, ambas de finales del siglo XII. Continuamos hacia Barrio de San Pedro y su iglesia de San Andrés, Foldada y la del Salvador. En el cruce se nos plantea un dilema; hacer los escasos tres kilómetros que nos separan de Vallespinoso de Aguilar y su iglesia de Santa Cecilia, ejemplo de románico en la naturaleza y merecedor allá en 1951 de la consideración de Monumento Histórico Artístico de Carácter Nacional por su equilibrada arquitectura, o girar directamente hacia Aguilar. Después de mirar a Antonio; seguimos hacia Aguilar, ya tiene bastante románico por hoy.




Nos sorprende la playa del pantano llena de bañistas. Unos minutos de solaz y continuamos hacia la presa para entrar en Aguilar, pueblo que fue declarado Conjunto Histórico Artístico en 1966 y aun conserva parte de sus murallas y seis de las siete puertas con las que contó. Entramos por un paseo arbolado junto al río hasta el antiguo monasterio de Santa María la Real, monumento construido a caballo de los siglos XII y XIII por lo que participó de los estilos románico y gótico, la desamortización lo arruino y fue reconstruido en el siglo XX, hoy acoge un instituto, la escuela de idiomas, una sede de la UNED y es sede de la Fundación Santa María la Real, Centro de Estudios del Románico y del Museo ROM: Románico y Territorio. Creo que no me dejo nada, mi intención era continuar hacia el centro hasta llegar a la Plaza Mayor que además de sus soportales sustentados en vigas de roble contiene la Colegiata, algunas casonas señoriales con sus galerías mirando al sur, la casa de los Siete Linajes, los palacios de los Marqueses de Aguilar y el de los Funtaneda, pero todo esto carece de importancia, lo realmente prioritario es encontrar el apartamento donde nos vamos a hospedar. Después tampoco lo será, menos mal que yo he visitado Aguilar en ocasiones anteriores. Ahora ya no “huele” a galletas cuando te acercas como antes, supongo que por mejoras en las instalaciones de las fábricas.



 Mariano Vicente, 28 de julio de 2020

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martes, 27 de julio de 2021

De las Merindades burgalesas al románico palentino. Tercer día. De cómo fuimos de Espinosa de los Monteros a Santander por los valles pasiegos.


 
Dicen que los espinosiegos son cántabros, pasiegos para más señas, que se expandieron por este lado de la cordillera buscando nuevos pastos para su ganadería trashumante allá por el año 800 a.c. Y no me extraña, grandes prados y extensas manchas de bosque se suceden a lo largo de las laderas jalonadas de brañas y casas pasiegas. Espinosa de los Monteros es el pueblo más importante de la comarca y uno de los centros patrimoniales más importantes después de la capital. Una veintena de grandes casonas fortificadas que casi parecen castillos, palacios y el enorme edificio de la iglesia de santa Cecilia forman parte del patrimonio del pueblo. Por aquí anduvieron, aparte de los coniscos, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos, sus habitantes forman parte de la Guardia Real desde el siglo XI hasta nuestros días.
 


Hoy nos desplazaremos hasta Santander por uno de los escasos pasos naturales que comunican la meseta con el cantábrico, el puerto de montaña de Las Estacas de Trueba. La carretera sube buscando el nacimiento del río Trueba entre prados y robledos. Es una subida suave y sin demasiado tráfico lo que nos permite recrearnos en las soberbias vistas que nos va deparando el valle. Debemos resultar un atractivo entretenimiento a los bobalicones ojos de las vacas que pueblan los prados porque giran su cabeza a nuestro paso. Un águila remonta el vuelo desde un prado. Una pareja de caballos se acerca curiosos hasta el muro que los separa de la carretera. Pequeños núcleos de población salpican el valle que van desapareciendo según ascendemos, ya solo quedan pequeñas cabañas esparcidas por los prados. En el pasado los pasiegos se trasladaban entre cabañas a diferentes alturas, según la estación, buscando los mejores pastos para su ganado en un sistema de traslado conocido como “la muda”; desde las zonas bajas de los valles donde pastaban en invierno, se iban desplazando por las laderas en primavera hasta llegar a los puertos de montaña con la temporada estival y viceversa. Transterminante creo que se llama este sistema de trashumancia.
 

 
El bosque va escaseando según vamos tomando altura y los prados cobran protagonismo, ya son visibles la mayoría de las cumbres que nos rodean. Pasado el nacimiento del Trueba, se nota ya la cercanía del puerto, nos acercamos a los límites provinciales de Burgos y Cantabria, frontera entre las dos comunidades autónomas. El evento obliga a parada y foto. Un monolito nos recuerda por un lado que estamos en Burgos y por el otro en Santander (es anterior a todo este lío de las comunidades autónomas). Nos deleitamos con la espléndida panorámica que la cordillera nos depara por el lado cántabro, el valle del Pas se abre a nuestros pies y la carretera del puerto se retuerce por las laderas buscando perder altura. Comenzamos el descenso, numerosos ciclistas se cruzan con nosotros, a nuestra izquierda descubrimos la vieja e inútil estación de Yera. Después de realizar la obra más costosa que fue el túnel de la Engaña, solo 35 kilómetros por el valle del Pas restaban para culminar esta impresionante obra ferroviaria que uniría el Cantábrico con el Mediterráneo y que venimos siguiendo desde Burgos. Avatares políticos, dificultades económicas, geopolítica y sobre todo falta de voluntad, impidieron concluir esta obra que hoy, eso sí a tramos, se está transformando en una formidable vía verde que puede dar mucho juego, puede llegar a ser la más larga de España y posiblemente del mundo.


 
Se nota que entramos en una zona mucho más “turística” que la zona de castilla. Hay mucho movimiento, tiendas con buen surtido de los conocidos sobaos pasiegos, quesada, miel y hasta chorizos de piel brillante con muy buena pinta, pero que no probaremos, si viajas con Antonio te pasa con la gula como a aquel cura de la novela del insigne José María de Pereda Peñas Arriba con la lujuria. El buen clérigo hacía gala de resistir a la tentación de la siguiente manera; tu deja la lujuria un mes y ella te dejará a ti tres. Algo parecido me pasa a mí con Antonio. Hombre frugal, contenido en la pitanza, termina muy a mi pesar, contagiándome su desgana.


 
Nosotros, el Pas y la carretera, bajamos juntos y a buen ritmo encajonados entre altas paredes casi verticales. Las frondosas arboledas generan un ambiente fresco y húmedo que las cantarinas aguas del Pas amenizan. A la altura de Entrambasmestas el valle se abre ligeramente; en Ontaneda, un poco más, hecho que aprovecha el sol para, en contadas ocasiones, alcanzar la vega. En Alceda nos espera mi amigo Carlos que nos guiará hasta Santander, saludos covid, ¡hay que joderse!, y a pedalear. Le seguimos en busca de la vía verde por una carreterilla paralela a la margen izquierda del Pas para incorporarnos a ella pasado San Vicente de Toranzo. En Penilla nos lleva a ver una curiosidad, se trata de la maqueta que un vecino ha hecho, con mayor o menor acierto, del pueblo y que el ayuntamiento ha colocado en un kiosco de piedra acristalado para disfrute de propios y extraños.
 

 
Casi sin darnos cuenta estamos en Puenteviesgo, Carlos nos sirve de anfitrión y nos muestra parte del río, pero como se ha hecho la hora de comer y decidimos hacerlo allí mismo. Nos dirigimos a uno de los muchos restaurantes del pueblo en el que Carlos ha comido varias veces y que nos recomienda. La verdad es que hemos terminado comiendo muy bien, sin prisa y relajados. Durante la comida hemos decidido que podemos pernoctar en Reinosa en lugar de hacerlo en Santander que nos sería más comodo por tema bicicletas y demás, solo hay una pega, que el tren sale en un par de horas y hay que llegar hasta la estación de Adif en Santander a más de 30 kilómetros. Nos ponemos en marcha, Carlos nos lleva en volandas y no tenemos mayor problema en seguir la línea, aunque en algunos puntos despista un poco. Nuestra primera intención era tomar el tren de cercanías en Astillero para llegar a Santander, pero Carlos nos disuade y nos propone ir en bice por lo que luego fue un caótico laberinto de carriles-bici que él se conoce como la palma de la mano, por lo que nos limitamos a seguirle. Un su defensa decir que llegamos con tiempo suficiente para coger el tren. Gracias Carlos, hasta la próxima.



Mariano Vicente, 27 de julio de 2021



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lunes, 26 de julio de 2021

De las Merindades burgalesas al románico palentino. Segundo día, de cómo fuimos de Trespaderne a Espinosa de los Monteros siguiendo la vía verde del Bureba.

 


Hemos pernoctado en el hostal José Luis y preguntado por la vía verde, nos han recomendado avanzar por la plataforma hasta antes del puente sobre el Nela —está sin acondicionar— y tomar un camino por la izquierda hasta superar el río por Mijangos. Después de mirar los mapas decidimos continuar por la N-629 con dirección a Santander y a unos 2.5 kilómetros recuperar la vía verde a través del arroyo de la Torca, recorrido más corto y más directo que el anterior. Seguimos la vía verde que presenta buen aspecto, con el albero en buen estado, aunque algunos tramos están ligeramente invadidos por la maleza, pero no impide el paso. Continuamos por ella hasta cerca de Moneo, dónde el puente sobre una carretera está intransitable. Unos paisanos nos recomiendan seguir por un camino paralelo al Nela, no especifican a qué lado, nos equivocamos al cruzar un precioso puente de piedra y pedalear por el margen derecho cuando lo teníamos que hacer por el izquierdo. De todas maneras, parece que los puentes están sin acondicionar a lo largo de toda la línea ferroviaria en dirección al túnel de la Engaña.


 
Seguimos junto a la margen derecha del Nela avanzando según las circunstancias y buscando la mejor manera de progresar hacia la vía verde y llegar a Villarcayo. Estamos en la Merindad de Cuesta-Urria y en Villarcayo entraremos en la de Castilla la Vieja. Las Merindades es una región en la que el agua ha modelado un paisaje excepcional, enmarcado en gran parte por el río Ebro y su zona de influencia donde abundan las surgencias que se despeñan en impresionantes cascadas. Es un territorio que siempre me ha sorprendido, más cercano a la España húmeda que a las llanadas cerealistas castellanas donde se encuentra. Una comarca encajonada entre viejos reinos visigodos que fue el germen de Castilla y de los reyes castellanos. Nuestro error con los caminos nos impide la prevista visita a Medina de Pomar, sede de los condestables de Castilla, los caminos nos alejan de ella para llevarnos directamente a Villarcayo.


 
Es un paisaje extraño; estamos en el páramo, pero no lo parece. Los valles labrados y en esta época con el girasol que empieza a abrir sus flores al sol. Los bosques pueblan las colinas y lo mismo lo hacen con encinas que con hayedos. Junto a los ríos prevalecen los tupidos bosques de ribera y cercanos a ellos, pero guardando la debida distancia, los pueblos. Iglesias románicas, torres, casas blasonadas, huertas de apetitosas verduras y sabrosos frutales. Villarcayo aparece casi sin darnos cuenta, es buena hora para tomar algo, a mí me apetece un poco de morcilla que por algo estamos en un pueblo de gran tradición chacinera y una de las capitales de este embutido burgalés, pero Antonio; hombre de poco comer, me lo pone difícil, al final opto por un pincho de tortilla y a pedalear. Es curioso que el producto más representativo de Burgos emplee la mayoría de los ingredientes de fuera. El arroz que llega de Valencia, Murcia o Andalucía, la cebolla que seguramente vendrá de La Mancha y es posible que en los últimos tiempos ni siquiera el resto de los ingredientes, manteca, sangre, pimienta o tripa sean de la zona.


 
Salimos de Villarcayo buscando la vía verde que no encontramos hasta pasado Cigüenza y cruzado el Nela para acceder a la plataforma por un camino de su margen izquierda. Pedaleamos ahora con buen albero, que se interrumpe por unas obras. Una máquina está reconstruyendo las cunetas. Paso como puedo, Antonio, precavido él, se ha ido por la carretera. Nos reencontramos más adelante. Puentedey es una de las sorpresas de la jornada. Aparece tras una ladera que lame el río Nela, los niños se bañan alborozados bajo la vigilancia de sus padres. El río ha excavado la montaña formando un enorme arco y el pueblo se ha encaramado encima. Poco espacio, pero suficiente para dos notables edificios, la iglesia de San Pelayo y el palacio de los Fernández de Brizuela. Dan ganas de parar y darse un baño, incluso hay un bar con buena pinta y aguas arriba una cascada con cierta fama, de la Mea creo que se llama, pero Antonio es reacio a estas cosas, parece que nada le gusta y se conforma con mirar constantemente su GPS y seguir pedaleando mientras aguante la batería.


 
Continuamos nuestro pedaleo por la vía verde hasta encontrarnos con otro puente sin acondicionar que nos obliga a retroceder y buscar la carretera que ya no abandonaremos hasta Santelices. A la izquierda de la confluencia de los ríos Engaña y Nela se encuentra Santelices, en la Merindad de Valdeporres y para mí de gran importancia a esta hora; tiene un bar, mesón Begoña y dan comidas, me niego a continuar sin darle su correspondiente homenaje al estómago. Al entrar al pueblo por carretera, hemos pasado bajo un gran viaducto, uno de los mayores de esta vía ferra que venimos siguiendo desde Burgos, la Santander-Mediterráneo. Creo que tiene 9 arcos de 12 metros de luz y otro de 20 metros con estribos y pilares de sillería y bóvedas de hormigón. Justo antes de este viaducto la línea se divide; por la izquierda se iba a la estación de Cidad-Dosante, solo a unos centenares de metros, donde se unía al ferrocarril de ancho métrico de “La Robla” que une Bilbao con León. Por la derecha se encamina durante unos 7 kilómetros hacia el túnel de la Engaña de una longitud similar.


 
El calor aprieta y se agradece la cerveza fresquita en la terraza del bar. Ya puestos, por qué no comer, lo hacemos y bien. Lo difícil vendrá después; primero decidir si subimos por la vía verde los 7 kilómetros hasta el túnel de la Engaña, el problema es que hay que regresar hasta aquí, con lo que serían 14 kilómetros más, o seguir hasta Espinosa de los Monteros directamente. La digestión, el calor y la subida hasta la Engaña hacen que optemos por la segunda alternativa. Pedaleamos dejando Pedrosa a nuestra izquierda y comenzando la subida del día que separa la cuenca del Engaña y Nela de la del Trueba. A partir de aquí comenzamos un cómodo descenso hacia la Parte de Sotoscueva y Entrambosríos. Llegados a Quintanilla de Sotoscueva se nos plantean un nuevo dilema, subir o no hasta Cueva y Ojo de Guareña. En el fondo del valle se localiza el Sumidero del Río Guareña bajo las paredes del circo de San Bernabé. Por este “ojo” se introduce el río dando lugar a un gran complejo de simas, galerías y lagos subterráneos con un desarrollo de más de 100 kilómetros, el más largo de España y uno de los primeros del mundo. Yo visité el lugar en otra ocasión, hace ya muchos años, sin entrar al complejo kárstico, me quedé con el “mágico” paisaje de la ermita y cueva de san Bernabé enmarcado bajo los aleros calizos. Como la bici y los viajes tienen sus servidumbres decidimos continuar hasta Espinosa de los Monteros donde teníamos reservado el alojamiento.


 Mariano Vicente, 2 de agosto de 2021 

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domingo, 25 de julio de 2021

De las Merindades burgalesas al románico palentino. Primer día, de como fuimos de Burgos a Trespaderne por la vía verde del Bureba


Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, nos mira con sus ojos cobrizos ajeno a nuestro devenir. Encaramado en su peana nos ve pasar, como a otros muchos a lo largo de los años, sin preocuparse por lo que dos murcianos están haciendo en su tierra. Hemos venido a recorrer lo que queda de un viejo ferrocarril, el Santander-Mediterráneo, en concreto su tramo norte, el que va en dirección al túnel de la Engaña. Salimos de la ciudad aprovechando, en la medida de lo posible, los carriles bici buscando el comienzo de la plataforma ferroviaria. Rodeamos el cerro del castillo para igual que el Cid comenzar nuestro “destierro”. No encontramos la plataforma hasta después de un polígono industrial cerca ya de Quintanadueñas. Pedaleamos cómodos, con una buena base cubierta de albero, el centro delimitado por rojos ababoles y pendiente positiva. Pasan indolentes los kilómetros hasta que nos encontramos con una de esas incongruencias que salpican las vías verdes, en Sotopalacios la vía se interrumpe bruscamente, la corta la N-623 y ni el ayuntamiento ni el consorcio parecen haber hecho nada para solventarlo. Es más, al otro lado de la carretera una valla metálica impide el acceso a la plataforma ferroviaria. ¿Tanto cuesta cortar esa valla de finos tubos de acero que solo tiene un fin decorativo?

El cereal se extiende a ambos lados del trazado pintando el paisaje de un rubio tachonado del oscuro verde de los olmos, que como soldados vigilan los márgenes de ríos y arroyos. Por el norte el paisaje se cierra y parece que el paso será imposible. De pronto, un impresionante desfiladero se abre ante nosotros. La plataforma traza su trayectoria con suaves curvas cortando tajos verticales en la roca que los túneles interrumpen. Superado el desfiladero de la Hoz nos enfrentamos sin solución de continuidad al de Peñahorada, puerta de entrada a un paisaje duro de barrancos y cárcavas, montes de estratos horizontales que van del blanco al rojo creando un ambiente insólito y misterioso. La erosión deja las rocas más duras al aire, sin base que las sustente, hasta caer al vacío en un inverosímil juego de petanca. La línea ondulada del cauce del río de la Molina pone la nota verde en este inusual paisaje.

La sorprendente silueta de la ermita de los Ángeles se recorta sobre un cerro, el paisaje se abre ligeramente y la vega del río Homino hace su aparición. El estómago empieza a reclamar algo que lo apacigüe, pero hay poco donde elegir. Habíamos pensado en Arconada, pero los paisanos nos informan que solo hay un bar, que abre a las dos de la tarde y cierra a las cuatro y que no tiene nada para comer. La cosa se complica, pero otro paisano viene en nuestro rescate, le han dicho que hace pocos meses han abierto un restaurante en Lences de Bureba y supone que allí podremos comer. Y no se equivoca, una vieja casona con el patio cubierto por frondosas parras nos acoge. Se está bien bajo la sombra de sus hojas, los racimos, apenas germinados, insinúan una buena cosecha. En marzo, su propietario ha venido del suave clima levantino al más duro de la comarca de la Bureba. Especializado en paella y arroces que no está mal para un sitio como este, aunque nosotros nos decantamos por las carnes.

La vega se ensancha y las alamedas cobran protagonismo entre los campos de cereal. El calor aprieta cuando llegamos a la altura de Poza de la Sal, Antonio sugiere que nos acerquemos, ya que es el pueblo de Félix Rodríguez de la Fuente, a mí; no me hace tanta gracia, él va con eléctrica y yo no. El pueblo se encuentra encaramado bajo el Páramo de Masa, por lo que nos toca subir, no mucho, pero subir bajo un sol de justicia. Hemos venido al norte para huir de los rigores veraniegos del Levante y nos encontramos con temperaturas que a medio día rondan los cuarenta grados. Subimos. Sus empinadas calles se engalanan con antiguos blasones de los hidalgos que la repoblaron en el siglo X. La pendiente y el calor hacen que busquemos el más fácil camino de las eras de sal. Nos recibe un busto del insigne Félix Rodríguez de la Fuente junto a una serie de balsas y fuentes de piedra que no sé si son meramente decorativas o tenían algo que ver con las salinas. El complejo salinero tiene su base en el diapiro de Poza, conocido desde el neolítico y está formado por una serie de balsas de concentración y las correspondientes eras de secado. Un, para mí, horrible monumento al salinero preside la zona.

Continuamos nuestro pedalear por la plataforma del viejo ferrocarril. El valle se ensancha y los montes Obarenes lo cierran por el norte. El río Homino incrementa su protagonismo hasta rendir pleitesía al Oca poco antes de llegar a Oña. De nuevo el paisaje se constriñe hasta casi la nada. Oña apenas dispone de espacio oprimida entre el río y la sierra. Paredes verticales amenazan el pueblo y al poderoso Monasterio de San Salvador, fundado a comienzos del siglo XI por el conde castellano Sancho García y primer panteón real de Castilla. Fue una de las más importantes villas de la vieja Castilla, con su estratégico emplazamiento entre la meseta y la cornisa cantábrica, hemos dejado atrás la Bureba y entramos de lleno en las Merindades.

Muchas veces las circunstancias obligan y nosotros decidimos continuar sin visitar la villa. Seguimos la vía verde a sabiendas de que encontraremos dificultades; el río, excava un estrecho cañón buscando el Ebro y la primera será el puente del viejo ferrocarril sobre el Oca. Unas vallas pretenden cortar el paso, cosa que no consiguen. Cruzamos de traviesa en traviesa, pisando con cuidado, aunque parecen que se mantienen firmes y no hay más peligro que el de meter el pie entre ellas. Sigue la plataforma con albero para poco después ser sustituido por el balasto, consecuencia de unos problemas legales con una finca privada. Antonio decide “abandonar” y seguir por carretera. Yo; cabezón, decido continuar, sigo sobre el balasto lo que me pareció una eternidad, pero que probablemente no sería más allá de un kilómetro hasta recuperar otra vez el albero que conservo hasta llegar al puente sobre el río Ebro. Tampoco está acondicionado, pero presenta en los laterales unas plataformas metálicas que facilitan el paso. En esta zona el Ebro horada la caliza formando dramáticos cañones que sobrevuelan los buitres leonados. Recuerda el viajero cuando pasó por estos lares siguiéndolo desde Reinosa a Miranda, a través del lío de vueltas y revueltas de cantiles verticales que durante kilómetros el Ebro se ha entretenido en excavar sin contemplaciones en las extensas parameras que lo rodean. Pero lo peor viene después, la plataforma se transforma en una maraña de piedra y maleza que hace muy difícil llegar a la estación de Trespaderne.

Mariano Vicente, 30 de julio de 2021

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