sábado, 17 de septiembre de 2022

La Monegrina y yo

 


 La semana pasada, el 10 de septiembre, se celebró la Monegrina y allí estaba yo, en esa España rural, despoblada, algo olvidada, y porque no, también desconocida. Una España con un reloj que atrasa y no por culpa suya. Mi relación con la Monegrina ha sido buena, me gusto cuando estuve la primera vez, antes de la pandemia y me ha gustado mucho también este año, a pesar de que no me encontraba en las mejores condiciones. He de destacar los buenos detalles de la organización como mandarme una preciosa postal como recordatorio o la atractiva camiseta que me han dado con la inscripción.


 
Y no, no es una marcha de esas pensadas para enmascarar competiciones, o “ultranosequé”, que ahora están tan de moda. Es algo más clásico, con bicis de acero y cromo, de aquellas que llevan los cables de freno por fuera y las palancas de cambio en el cuadro, los pedales con rastrales y unos cuantos años encima. Lo peor; sus dueños, los ciclistas. He de reconocer que, a pesar de ser amigos míos, no es gente muy normal. Están profundamente obsesionados con los cuadros antiguos, cuanto más viejos mejor, el óxido les pone y más aún restaurarlos. Vienen con mallot viejunos que se caen a pedazos, de una lana cuyas ovejas hace tiempo que dejaron de ser vírgenes, y lo que es peor, se sienten de lo más orgullosos. Fanáticos de un ciclismo en blanco y negro ya desaparecido. Y lo peor es que es algo contagioso, yo era un ciclista sin pretensiones, de andar por casa, y ahora me voy arrastrando por media España para acudir a este tipo de pruebas. He de reconocer que admiro su entusiasmo, el conocimiento que tienen de todo ese mundo del ciclismo añejo, su pasión desbordada. Pero son peligrosos, muy peligrosos, una verdadera droga.

 



Siendo ferroviario y al precio que está la gasolina opte por el tren para ir hasta Los Monegros. Y no tardé mucho más que con el coche, unas 12 horitas de nada, pero tener en cuenta que vengo desde Murcia y para los que no lo sepan, también hay otras partes de España desconocidas. Esta está al fondo, allá abajo, en una esquinita de la península rodeada por el Mediterráneo. Un regional hasta Zaragoza y otro hasta Tardienta y los pocos kilómetros que quedaban hasta Frula los hice con la bici. En estos casos odio profundamente a los madrileños, ¡tan cerca de todas partes!

 
Frula, en Huesca, va a ser el epicentro de un encuentro de ciclismo clásico con dos partes bien diferenciadas; de un lado “La Bestia”: Monegrina Classic Divide. 300 kilómetros sobre una clásica y en plena noche. Y La Monegrina, algo mucho más razonable, “solo” 60 kilómetros y un par de avituallamientos. Pero comencemos por el principio, a las 8 y 26 se pone en marcha mi tren, he escogido el regional en lugar de Aves y demás bichos porque me permite llevar la bicicleta sin desmontar simplemente colgada de un gancho. El tren completo entre Murcia y Valencia. Y, “ventajas” de la despoblación, el siguiente tramo hacia Teruel y Zaragoza casi vacío. Momento ideal para comer el bocadillo. Me levanto, alzo los brazos hacia la mochila que se encuentra en el porta maletas. Bandazo del tren y caigo cuan largo soy sobre el asiento que se encuentra a mi espalda. “Golpazo” con el costillar izquierdo sobre el armazón de fibra de vidrio del asiento. ¡Coño que dolor! No puedo respirar, no me puedo mover. Por fin logro levantarme, han pasado varios minutos. Me siento e intento recomponerme. Esto debe ser el colmo de un ferroviario, 43 años trabajando en el tren y es la primera vez que me ocurre algo semejante.


 
En Zaragoza me decido por Goya, al menos es un punto civilizado, no como esas nuevas estaciones de hormigón, horribles e impersonales. Tres horas después estoy en Tardienta, monto las bolsas y a pedalear. Es duro, apenas puedo respirar, no puedo hinchar los pulmones, por lo que doy pequeñas bocanadas poco profundas y rápidas como un pez que se queda sin agua. La noche me regala una enorme luna, cálida y luminosa, de un bonito tono pastel. El ambiente es templado, pero no agobia, pronto las luces de Frula se recortan sobre el horizonte bajo la luna. En la puerta del albergue los amigos me están esperando, nos tomamos unas cervezas en la terraza y cenamos allí mismo y a dormir. Veremos cómo me levanto mañana.


 
La organización ha montado un arco hinchable para la salida y en el pabellón una mezcla entre museo ciclista y bazar. Nos entregan credenciales y dorsales, me ha correspondido el 24 y está pirograbado en una preciosa pieza trapezoidal de madera junto a la palabra: La Monegrina. La cuelgo en la parte delantera del cuadro y me voy hacia el punto de salida. Me entretengo en dar una vuelta, cámara en mano, a los compañeros situados tras el arco. Se da la salida. Me esfuerzo, pero voy el último, sigo sin poder respirar. Decido seguir pedaleando en modo supervivencia, tratando de obtener el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo y no me va mal, el grupo no logra alejarse demasiado. Pedaleamos por un terreno tendido con suaves ondulaciones. La carretera, rodeada de campos de maíz regados por aspersores que en ocasiones invaden la calzada. Están funcionando a pleno sol y luego nos critican a los murcianos, dicen que gastamos mucha agua y lo tenemos todo por goteo y hasta informatizado.


 
Afortunadamente pronto llegamos a Cantalobos lugar del primer avituallamiento, los vecinos se esfuerzan año tras año en agasajar a los participantes y a fe mía que lo consiguen. Ricos embutidos, cervezas y refrescos, fruta, la verdad es que no falta de nada, es un piscolabis variado y abundante, disfrutándolo con compañeros y amigos, que más se puede pedir. Nos echamos de nuevo al camino, me lo tomo con calma y aviso para que no me esperen, al llegar a Alcubierre no subiré el puerto y continuaré directamente a Robres, los esperaré en las piscinas. En la participación anterior subí el puerto, incluso hice un alto para visitar lo que se ha dado en llamar la ruta George Orwell. Eric Arthur Blair, hijo de la Gran Bretaña, se alistó en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) que estaba muy de moda por aquellas fechas y fue destinado a un lugar tranquilo, la sierra de Alcubierre en enero de 1937, más peligroso por el frío que por el enemigo. A los pocos meses que paso allí, les saco buen provecho, cosa por otra parte muy británica, publicando un libro titulado “Homenaje a Cataluña”, supuestas memorias de los seis meses que pasó como miliciano entre Barcelona y el Frente de Aragón. Aquí, en Robres hay un Centro de Interpretación de la Guerra Civil, pero yo bastante tengo con recuperarme junto a la piscina con una buena jarra de cerveza.


 
Poco a poco van llegando los demás participantes y comienzan a servir el segundo avituallamiento compuesto sobre todo por tortilla de patatas, migas, cerveza, refrescos, chocolate y magdalenas. Ahíto el personal, retomamos el recorrido por los llanos de la Violada hacia Torralba y su iglesia parroquial de San Pedro ad Víncula situada sobre un altozano que domina el pueblo. Para conquistarla habrá que esforzarse, yo al menos llego sin respiración y con un fuerte dolor en las costillas. El edificio es de mampostería y piedra sillar, del siglo XVI, una galería de arcos de medio punto de ladrillo recorre la parte alta. Adosada en su cabecera una torre cuadrada de ladrillo y estilo mudéjar de cinco cuerpos, decorada con esquinillas, zigzags, rombos y cruces. Hay que descender y para algunos no es fácil, nuestras vetustas monturas no frenan tan bien como pudiera parecer y obligan a más de uno a echar pie a tierra.


El camino hacia Frula es un paseo entre campos de maíz. Nos espera un buen baño en las piscinas y una comida de hermandad a base de paella de la que se sienten muy orgullosos los vecinos del pueblo. Premios, proyectos, promesas, abrazos, despedidas, es hora del regreso. Otros nos quedamos en Frula, a disfrutar de sus piscinas y de los amigos. Mañana será otro día, toca regresar a Murcia, mis costillas no me dejan hacer la vía verde del Zafan como tenía previsto para “aprovechar” el viaje.

 
Mariano Vicente, septiembre de 2022




miércoles, 13 de julio de 2022

Serranía de Albarracín (Crónica)

 


Eran poco más de las nueve treinta cuando se presentó Victoria a recogerme, ya había hecho lo propio con Matías y su bicicleta ya estaba colocada sobre el porta bicis, solo quedaba colocar la mía y al camino. Nuestro propósito; un recorrido de dos días por la serranía de Albarracín, lo que hoy se ha dado en llamar la España Vacía.


 

No teníamos prisa y optamos por la vía quizá más lenta, la de Cuenca, al tener menos kilómetros de autovía, pero infinitamente más atractiva. Condujimos hasta más allá de Albacete para parar a tomar algo en El Molino, solo fue un café helado, pues había desayunado en Murcia minutos antes de subir al coche. En La Gineta abandonamos la autovía para dirigirnos hacia Tarazona de la Mancha. En Quintanar del Rey nos equivocamos y terminamos haciendo un recorrido turístico por el pueblo. Pasada Motilla del Palancar, empezamos a notar con intensidad el vacío de esa España a la que apenas prestamos atención. 


 

Habíamos atravesado el Jucar y otro río más modesto, pero con abundante vegetación; el Valdemenbra. Por Monteagudo de las salinas, el Gualdazón y cerca de Cañete nos acercamos al Cabriel. Ya la soledad se deja sentir con fuerza, tenemos hambre y no vemos muchas posibilidades de conseguir aplacarla. Después de algunas vicisitudes terminamos en un pueblecito de nombre peculiar; Moscardón, donde conseguimos comer de forma aceptable en un local que creo que fue antes un antiguo horno.


      

Se nos muestra Albarracín sobre un altozano, en un meandro del Guadalaviar, vigilada y protegida por el castillo de los Banu Razín. Dejamos el coche en un aparcamiento a las afueras, que no estaba a más de cien metros de nuestro hotel. Siesta y posterior recorrido por este bonito pueblo declarado Monumento Nacional desde 1961. Paseamos entre su peculiar arquitectura de casas modestas sustentadas por gruesos maderos y tabiques de yeso de un color rojizo característico. Los pisos altos y los tejados se aproximan en voladizo sobre la calle, casi hasta tocarse unos con otros, en un intento desesperado de ganar espacio. Las torturadas callejas, se retuercen buscando un vano resquicio de amplitud, sin un solo metro horizontal, empedradas y oscuras. Solo las macetas de rojos geranios, ayudados por los vivos colores de puertas y ventanas defendidas en rica forja, alegran las fachadas con un toque de color. Sin darnos cuenta terminamos en un antiguo molino hidráulico, hoy reconvertido en lugar de ocio. Terminamos probando cervezas rubias y tostadas. La cena la resolvimos en el casino del pueblo. 


 

En marcha.

Amanece un nuevo día y solo tenemos un problema; dónde desayunar. En este pueblo no madrugan los bares, en el Casino nos dijeron que a las ocho treinta y era el más madrugador. Esperamos en la puerta, pasan ya diez minutos de la hora cuando vemos algo de movimiento. ¡Por fin entramos a desayunar! Cuando íbamos a comenzar la ruta surge un nuevo contratiempo, Victoria debe resolver un problema de trabajo, ha de hacerlo online, por lo que debe de estar en un sitio tranquilo y con buena cobertura. Decide que lo hará en Bronchales, en el hotel que hemos reservado para hoy, Ella ira en el coche y nosotros haremos el recorrido previsto en bici, si puede, irá a nuestro encuentro. 


 

Entre unas cosas y otras comenzamos a pedalear pasadas las diez de la mañana y el calor empieza a dejarse notar. Albarracín queda a nuestra espalda, soberbia y majestuosa, como una corona de rubís sobre la áspera frente de la montaña. Discurre el Guadalaviar entre altas paredes calizas serpenteando entre rocas y la carretera lo sigue como fiel amante. La roca se cierra sobre nuestras cabezas y los chopos acarician sus vientres. Los bosques de chaparras colonizan las laderas, el sol, de un azul profundo que solo motean algunas manchas blancas, luce amenazante.


    

La sierra de Albarracín es rica en leyendas, muchas hablan del amor, normalmente entre moros y cristianos o entre ricos y pobres, pero hay uno que se aparta un poco de estos criterios, es la leyenda de “La cueva de la mora”, precisamente por la zona en que pedaleamos. Cuenta que un guerrero musulmán, antes de partir a la guerra, escondió a su mujer en una cueva junto al río Guadalaviar con la idea de que no saliera hasta que él volviera. Pero esté, jamás regresó. Ella lo siguió esperando eternamente. Por eso, desde entonces, pasea por las orillas del río en las mañanas de San Juan acicalándose el pelo con un peine de oro. Nadie puede acercarse a verla, pues a los ingenuos que lo intentan los convierte en piedra lanzándoles el peine.


 

Dejamos atrás unas buitreras y en el paraje de Entrambasaguas abandonamos el Guadalaviar para introducirnos por el estrecho valle del río Blanco hacia Colomarde. Aparece el pueblo entre los riscos y el río que la carretera parte por la mitad. A la salida, el barranco de la Hoz forma un coqueto desfiladero modelado sobre la piedra toba de las laderas. Nosotros nos preocupamos más por el duro puerto de Las Banderas, no muy largo, pero de fuertes rampas que aun parecen más pinas por un sol que cae a plomo. Coronamos y conversamos con otros ciclistas que vienen en sentido contrario sobre lo que nos espera, y no parece muy divertido, especialmente el tramo anterior a Guadalaviar. Nos hacemos las fotos de rigor y nos dejamos caer hacia Frías de Albarracín.


 

El pueblo, situado a pie de puerto sobre un pequeño cerro nos ofrece un par de bares, uno de ellos abierto, junto a la carretera con la terraza a la sombra de unos árboles, que mejor lugar para tomarnos un tentempié. Jamón, queso y un par de salchichas de orza. No sabía si pedir cerveza o vino, lo que me trajo a la cabeza otra leyenda porque las brujas siempre han dado mucho juego en la zona. Cuenta que las de Frías, a la caída de la noche, entraban a beberse el vino de las bodegas, lo mezclaban con hierbas y semillas produciendo un elixir que las llevaba al éxtasis. Especial predilección tenían por el vino del Tío Candelas, el mejor de la comarca al decir de las malas lenguas. Desesperado por la desaparición de sus caldos, decide vigilar la bodega noche y día. Al filo de la media noche vio llegar a unos seres volando sobre escobas que se introducían por la chimenea. Corrió y al abrir la puerta no vio otra cosa que una serie de horcas apoyadas en los toneles, molesto, agarró un hierro incandescente de la hoguera y marcó, una a una todas las horcas. A la mañana siguiente más de la mitad de las mujeres del pueblo llevaban la marca del hierro incandescente.




Desde nuestra posición vemos la iglesia de la Asunción, una de las obras más importantes de estilo neoclásico de la provincia de Teruel, pero como casi todas, está cerrada. No tenemos prisa, nos lo tomamos con calma, venimos a disfrutar, pero lo pagaremos más tarde con un sol de justicia. Veníamos a Teruel a pasar frío y nos encontramos con una ola de calor que está batiendo récor. Salimos de Frías en dirección al nacimiento del Tajo, pedaleamos por una carretera solitaria que va ganando altura, aun lado, la espectacular sima de Frías, una impactante dolina de casi 100 metros de diámetro de boca, al otro, pinares y monte bajo. El cielo se está volviendo de un color extraño, como de plomo derretido, o es azul clarito y yo estoy desvariando. No sé a quién se le ocurrió plantar unas extravagantes figuras plateadas en medio del campo, dicen que es el nacimiento del Tajo y no lo pongo en duda, en algún lado tiene que nacer. Lo mejor de todo una pequeña fuente que nos refresca y permite rellenar los bidones.


 

En el siguiente cruce nos desviamos hacia Guadalaviar y Griegos, pero no será fácil llegar, nos espera un puerto corto, pero matón, con desniveles medios superiores al diez por ciento a las tres de la tarde, hay que pasar los Montes Universales. Solo, la sombra de algunos pinos, nos alegran el momento. A la mitad de la subida descubro una diminuta fuente con un hilillo de agua, eso sí, fresca y sabrosa. Paramos e intentamos refrescarnos. Logro coronar sus 1.790 metros y me siento en una piedra, a la sombra de la ladera, tratando de recobrar el aliento mientras llega Matías. Nos dejamos caer hacia Guadalaviar, pueblo de trashumantes situado a 1.500 metros de altura, hasta tiene un museo sobre el tema y una pequeña plaza de toros excavada en la roca. Buscamos con desesperación un local donde refrescarnos, lo encontramos, es el teleclub y acabamos con sus existencias de bebida isotónica, y hasta me tome un helado. 


 

Llama Victoria, y no es la primera vez que lo hace, pero la cobertura escasea, no debemos olvidar a aquello de la España olvidada. Está en Griegos, nos vamos hacia allá. La maledicencia dice que es el pueblo más frío de España, pero hoy no lo demuestra, sus ciento treinta y seis vecinos deben estar a la sombra porque en la calle no se ven muchos, claro que tampoco son horas. También atesora el hito de ser el segundo pueblo más alto de España con 1.601 metros de altitud, el primero está cerca de aquí, Valdelinares con 1.692 metros sobre el nivel del mar. Tomamos otro refresco y los tres nos encaminamos hacia Bronchales. Me pongo nervioso cuando veo el anuncio de un nuevo puerto, pero tengo la esperanza de no tener que subirlo, seguramente es el que lleva a la Muela de San Juan y las pistas de esquí de fondo. Seguimos subiendo, con suavidad, pero subiendo, entre un hermoso pinar, pero subiendo. Ha sido un día duro, estoy muy cansado. Casi todo el recorrido, calculo que el noventa por ciento, ha sido subida y la ola de calor no ha ayudado precisamente.


     

Tomamos ahora una carretera que nos interna en plena sierra del Tremedal, con un pedalear relativamente cómodo entre hermosos pinos, pero como el resto de la ruta, siempre pica para arriba, o al menos a mí me lo parece. Mientras pedaleo no puedo evitar que la cabeza funcione a su aire, pienso en el destino y recuerdo una vieja leyenda, el mito del dragón de Bronchales, era un animal único en su especie, no lo aplacaban los sacrificios humanos, sino algo más pragmático; los dulces y la leche de las mujeres recién paridas, quizá esto último fue lo que le llevo a su perdición, a los españoles no les gusta que un extraño chupe la teta de sus mujeres. El animal no muere como lo hubiera hecho cualquier otro dragón europeo, a manos de un aguerrido caballero, sino asado en su propia cueva a manos de los campesinos. El pinar es denso y abundante en fuentes, en la del Canto paramos a descansar, es un área de descanso que hasta tiene bar y todo, pero también están la de La Cañada y Sierra Alta. En medio de la pinada aparece un enorme camping, el de las Corralizas, familiar y con un aspecto sugerente, en él que no nos entretenemos bajo la promesa de que pronto comienza la bajada y llega Bronchales con ducha y cerveza fría. 


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Mariano Vicente, julio de 2022

 


 

lunes, 20 de junio de 2022

Por Tierras de Soria - Prehistórica


Mi amigo Carlos había programado una salida para el sábado, día anterior, a la marcha de bicicletas clásicas La Histórica, con el lucido nombre de Prehistórica, pero en nuestro caso la cosa no saldría como teníamos previsto. El viernes noche ya estábamos en Abejar, pero con un hándicap, Victoria había conseguido alojamiento en el pueblo, pero Matías y yo lo teníamos a 15 kilómetros, en Vinuesa, lo que complico todo, porque solo disponíamos de un coche, el de Victoria. Ella se ofreció a ir a buscarnos por la mañana y luego traernos al medio día, pero nos parecía un poco engorroso y lo descartamos. Haríamos una Prehistórica, pero a nuestro aire. 


 

A la mañana siguiente, durante el desayuno, divagábamos sobre el trayecto a realizar, podíamos incorporarnos a la ruta de Carlos a su paso por Vinuesa, calculamos que llegarían tarde, alrededor de las doce, para luego terminar en Abejar y habría que regresar. Mucho lío; mejor hacer algo por nuestra cuenta, pero qué; Laguna Negra, Lagunas de Neila, una turne por los pueblos de alrededor, visitar a un primo de Matías en Navaleno, en fin, que estábamos confusos e indecisos. Nos salvó el dueño del hotel:

- Si les viene a ustedes bien, hay una pista asfaltada que va desde Duruelo de la Sierra a Navaleno por Cabeza Alta y El Amogable, muy bonita, ya verán ustedes. Para la vuelta, pueden regresar por la misma pista y nada más pasar el viejo aeródromo de El Amogable, tiran ustedes a la derecha por otra pista también asfaltada y sin problemas de orientación, llegarán casi al cruce de Playa Pita, en el embalse de la Cuerda del Pozo ya cerca de Molinos.

- ¿Seguro que está todo asfaltado? Mire usted que vamos con las clásicas.

Seguro, mejor que muchas carreteras de más categoría, nos contesta el dueño del hotel, así que no dudamos más, allá nos vamos. 

 

Salimos de Vinuesa en dirección a Molinos de Duero donde entramos en contacto directo con el Duero que la carretera sigue por su margen izquierdo. Observo hacia el sur una larga sierra que probablemente sea la que tengamos que franquear para llegar a Navaleno, pero ahora nos dejaremos llevar río arriba hacia Covaleda, pueblo de origen de la familia de mi suegra, pero al que curiosamente nunca quiso volver, a pesar de corresponderle una parte sobre cosas de pinos. Nosotros, prácticos, dejamos de divagar y nos centramos en la terraza de un bar de la plaza del pueblo; cerveza fría y buenos torreznos. 


 

Reconfortados, nos encaminamos hacia Duruelo de la Sierra, donde cruzaremos el Duero para dirigirnos al sur, hacia la sierra de Cabeza Gorda, con su doble cumbre, el más alto el pico Marañón, con 1474 metros, supera por diez a su compañero. Poco después de pasar el pueblo encontramos el cruce: el Amogable 12, Navaleno 18, camino forestal, está claro que este es el nuestro. Comenzamos una subida que se alargará por más de tres kilómetros bajo un sol que, para ser Soria, pica demasiado. Pronto llegamos al collado y vemos una pista de tierra que indica Cabeza Alta 1,9 km, quizá demasiado para mi vieja Pinarello y sus finas cubiertas. 


 

Nos dejamos caer hacia el lado sur, más empinado que el norte. Disfruto trazando una curva tras otra con la Montello, cuadro de acero y viejas ruedas Mavic, mucho menos rígida que mi actual bici de carbono, pero sólida y segura, algo traviesa al ser una talla justita para mí. Matías está disfrutando, nos estamos tomando el recorrido sin prisas, gozando del momento, le llama la atención la cantidad de vacas que pastan libres en los prados de alrededor, resulta algo extraño que todas sean de un rubio uniforme, ni negras, ni blancas, ni pintadas, deben criarse para carne y no sé si tiene algo que ver con la rubia gallega. Los ternerillos nos miran curiosos y cuando nos detenemos para fotografiarlos, corren inquietos al amparo de su madre. 


 

Pasamos lo que parecen instalaciones forestales, debemos estar en El Amogable. Luego nos enteramos de que es un complejo educativo, divulgativo y de ocio, con su aula de Interpretación del Bosque, lo que da una idea de la atracción de la sociedad actual por las actividades de ocio y tiempo libre en plena naturaleza, esperemos que sea una buena oportunidad de desarrollo en el mundo rural y no nos desborde como una simple moda.

Cruzamos sobre la vieja plataforma del ferrocarril Santander-Mediterráneo, hoy convertida en Vía Verde. Navaleno aparece tras un altozano con sus casonas de piedra gris, dejándonos caer hasta entrar en el pueblo. Matías, quería saludar a su primo, pero el motivo real para visitar el pueblo era otro más pragmático; comer. Misión imposible. El buen tiempo y las comuniones hicieron inviable que pudiéramos sentarnos a una mesa, recorrimos todos los locales del pueblo y al final, en uno de ellos, se apiadaron de nosotros dejándonos tomar algo de lo que quedaba en la barra, en un rincón del local.


 

Algo apesadumbrados, abandonamos Navaleno, sensación que desaparece conforme nos introducimos de nuevo en el corazón de esta tierra de pinares. Llegados a El Amogable tomamos la pista asfaltada que sale por nuestra derecha llaneando entre pinos, no entiendo mucho, pero creo que son de la especie albar y negral, aunque también se ven robles, sabinas y algún que otro prado, donde casi los únicos animales que vimos fueron las vacas. Sabemos que estos bosques son ricos en “bichos”, tanto aéreos como terrestres, pero que no se han dejado ver, excepto las cigüeñas. 


 

Por un pequeño puente cruzamos el río Ebrillos y continuamos por su margen izquierda. Llegados a una zona de campamentos juveniles, lo volvemos a cruzar y continuamos ya por su margen derecha hasta que, junto al Duero, cede sus aguas al pantano de la Cuerda del Pozo. Embalse importante, con más de 60 kilómetros de costas, que lo mismo sirve para producción eléctrica, que, para regadío y agua potable, o para el ocio en el entorno de Playa Pita, también le llaman de La Muedra por el pueblo que yace bajo sus aguas. Pronto desembocamos en la carretera y nos dirigimos directamente a Molinos de Duero y Vinuesa, cabecera de la comarca de Pinares y nuestro lugar de destino.

Mariano Vicente, junio de 2022

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viernes, 17 de junio de 2022

Pueblos Negros - Pueblos Rojos


 

(Arquitectura Negra, parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara y Sierra de Ayllón.)

Durante mucho, mucho tiempo, la gente levantaba su casa con lo que tenía a mano, sin arquitectos ni decoradores, lo que definía y limitaba la personalidad de cada lugar. Los pueblos eran una parte más del paisaje circundante, por eso, los que han conservado su antigua fisonomía aparecen armoniosos, integrados y algunos, hasta bellos dentro del territorio que les rodea.

Al abrigo de la sierra norte de Guadalajara, nos encontraremos con una serie de pueblos que han dado en denominarse de arquitectura negra e incluso han solicitado la declaración como Patrimonio de la Humanidad. Negras las paredes, negros los tejados. La vivienda en la planta baja y bajo el tejado el pajar, aun lado el corral, un poyete delante del zaguán donde sentarse bajo los rayos del sol invernal, algunas tienen hasta horno para cocer el pan, las cubiertas a dos o tres aguas. Puertas y ventanas con dinteles de madera o de dura piedra, algunas, coquetas ellas, los colocan en un color de contraste. 


 

Riaza, pueblo austero y un buen lugar para comenzar este periplo de colores y arquitecturas tradicionales. La falta de tiempo nos impedirá la visita al mirador de Piedrasllanas, un kilómetro más arriba de la ermita de Hontanares. Desde Riaza, subiendo el duro puerto de la Quesera, veremos el Hayedo de la Pedrosa, también conocido como el Hayedo de Riaza. Encumbramos la sierra de Ayllón para descender el puerto, paisaje agreste, solitario y abrumador en pleno corazón del Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara. Descendemos vertiginosos hacia el cauce del río de las Veguillas, que apenas podremos seguir al encajonarse entre altas paredes. Intentamos seguirlo, pero no lo logramos, una serie de profundas gargantas lo impiden. La carretera lo abandona en busca de los pueblos negros.


 

Majaelrayo, asoma a orillas del Jaramilla, sitiado por los picos Ocejón y Cabeza de Ranas. Pueblo principal, hasta tres fuentes tiene; la del Caño, la Buena y la de las Cabezadas. Tiene un pequeño museo con fotografías antiguas del lugar y los vecinos se reúnen bajo el viejo Olmo de la plaza del cementerio. Durante años tuvieron un gran prestigio las aguas curativas de los Baños de Robledo, que no se crean están en el pueblo vecino, que estos pueblos son muy suyos. Impresionan estos pueblos, son verdaderamente negros, suelos, paredes, tejados, fuentes iglesias, todo negro, muy negro, como como las perspectivas de futuro que debieron ver sus vecinos cuando los abandonaron a mediados de los años 50 del siglo pasado. 


 

Continuamos camino hacia Campillo de Ranas, pueblo situado a 1.100 metros de altitud y vigilado de cerca, como todos, por el Ocejón. Casas con armazones de madera y lajas de pizarra, la iglesia de Santa María Magdalena, con sus curiosas esquinas enmarcadas por calizas blancas en contraste con el negro de las pizarras, preside la plaza. Sorprende su reloj de sol, en la antigua casa del párroco y restaurado recientemente, aunque la verdad, a mí no me lo parece. Más recientemente se ha hecho famoso por sus bodas «gays» y de las que no lo son, que de todo hay, pero que han reactivado la economía local.


 

Paramos brevemente en el El Espinar situado en una pequeña colina rodeada de profundos barrancos, ofreciendo unas magníficas vistas del valle del Jarama. Conserva un pequeño lavadero con pilón cubierto de lajas de pizarra. Continuamos hacia Campillejo, típico pueblo como los anteriores con paredes y cubiertas de lajas de pizarra. Aquí la nota de color la ponen los marcos de puertas y ventanas que están encalados. Bonita su vieja iglesia de pizarra.


 

A la salida de una curva y en subida, aparece de repente la Ermita de Nuestra Señora de los Enebrales, construida en el siglo XVIII. En su interior se encuentra la patrona de Tamajón, la Virgen de los Enebrales, conocida como “La Serrana”. Tamajón, dónde hay censadas 148 almas y que a mí me parece más grande. A pesar de estar en la zona de los pueblos negros, no lo parece. Se localiza en una pequeña hoya rodeada de colinas bajas cubiertas de bosque y matorral, parece que fue buen lugar para la caza y que Felipe II estuvo a punto de construir aquí su Monasterio de San Lorenzo, que luego se llevó el Escorial. Durante el siglo XIX fue famosa su fábrica de vidrio por la calidad de su cristal. Nuestra Señora de la Asunción se remonta al siglo XIII, de donde conserva un bonito y porticado atrio románico con canecillos decorados con figuras humanas. Remodelada en el siglo XVI en estilo renacentista, tiene tres naves con cabecera plana. A parte de la iglesia, el edificio de más empaque es el Palacio de los Mendoza, sede del Ayuntamiento, con fachada de estilo plateresco y los escudos de la familia Mendoza y de La Cerda. No podía faltar la fuente, en este caso La Nueva, el lavadero y el pilón. Hay hambre y aprovechamos para comer.


 

Nos adentramos ahora en un denso sotobosque que sólo se interrumpe en los alrededores de pequeños pueblos como Almiruete y Palancares, anticipo de uno de los puntos neurálgicos de los Pueblos Negros: Valverde de los Arroyos. Estamos en el punto más bajo del recorrido, a partir de aquí la cosa se pone cuesta arriba y tendremos ocasión de recordar el lechazo que hemos comido. 


 

Almiruete aparece en la cabeza de un pequeño valle, sobre una empinada ladera de las estribaciones del Ocejón. Destaca entre la arquitectura negra la Iglesia románica de nuestra Señora de la Asunción, del siglo XIII, ampliada en el siglo XV en estilo gótico. Más famoso es su Carnaval de Botargas y Mascaritas, cuenta con un interesante museo con máscaras y atuendos tradicionales, los utilizados en unas de las fiestas populares más ancestrales de la provincia de Guadalajara cuyos orígenes se remontan al siglo XI. Palancares lo a travesamos sin pena ni gloria, está rodeado por bosques de robles que tratan de vencer su sed en el río Seco, destacan sus casas balconadas y su iglesia de la Inmaculada que alberga una pila bautismal románica.


 

Una fuerte subida nos vuelve a recordar el lechazo. Se faja ahora la carretera con las laderas del Ocejón en una prolongada bajada que hará que nos olvidemos del lechazo y nos deja a las puertas de Valverde de los Arroyos. El apellido de este pueblo es real, se lo dan los arroyos que lo rodean y conforman espectáculos como la Catarata de la Chorrera, salto que fluye sobre escalones de piedra y que desciende más de 120 metros. No tenemos tiempo material para visitarla y nos conformamos con verla de lejos. En el pueblo, la vida gira alrededor de su plaza mayor, espaciosa y con bonita fuente central, un espacio para juegos tradicionales y la iglesia de San Ildefonso. En el Museo Etnológico se rinde homenaje a la actividad textil de la zona. He leído en algún sitio que en junio se celebra la fiesta de La Octava del Corpus, con danzantes ataviados con ropajes de origen ancestral.


 

Umbralejo se ve a lo lejos sobre una escarpada ladera y por la que tendremos que subir ya que la carretera pasa por él. Apenas medio centenar de casas, pero de una pura arquitectura tradicional que impresiona. Abandonar el pueblo y comenzar a sufrir todo es uno. Desconocemos la zona, pero por lo visto en los mapas nos esperan 13 kilómetros -vaya numero para estas cosas- de constante y dura subida hasta superar el puerto de Campanario con sus 1568 metros, menos mal que llevamos coche de apoyo y nos evitamos así las alforjas. Durante la subida y bien a nuestro pesar, dejamos a tras sin visitarlos los pueblos de La Huerce y Valdepinillos, a los que hay que bajar y después volver a subir, y para subidas ya tenemos suficiente con el Campanario. 


 

Pasado el puerto, el paisaje cambia, se vuelve más humano, menos agreste y solitario. Pronto aparece Galve de Sorbe y nuestro alojamiento, dejamos las bicicletas y aprovechamos para visitar el pueblo antes de que anochezca. Lo más impresionante de Galve es su fortaleza medieval. Reformada en el siglo XV su fábrica se remonta al siglo XIII, de planta trapezoidal y gruesos muros, cuenta con una magnífica torre del homenaje, varias torres cuadradas, semicirculares y los lienzos que las unen. En el patio no podía faltar su aljibe, recientemente desenterrado. Solo subimos Victoria y yo, Matías prefirió quedarse a descansar. El pueblo es “apañao” como dicen en mi tierra, tiene tres ermitas; de San Antón, de la Virgen de la Soledad y de Nuestra Señora del Pinar. Picota medieval, fuente de cuatro caños, casonas de piedra y Ayuntamiento con los clásicos soportales castellanos, hasta vimos como una vaca paria un rubio y frágil ternero. Por hoy ya está bien de impresiones, panorámicas y bellos pueblos, creo que nos hemos merecido cena y cama. 


 

Pueblos Rojos

Hoy, es un nuevo día, pero también un nuevo escenario para nuestras andanzas, aunque no tan diferente, el paisaje sigue siendo solitario, pero no tan abrumador en su soledad como el de ayer, el horizonte menos abrupto, más abierto, sigue siendo montañoso, escarpado y áspero hacia el sur, se expande por las vegas de los ríos Aguisejo y Pedro hasta llegar al mismo Duero y sigue por la ocre llanada segoviana que cierran brumosos los Picos de Urbión. La pizarra negra, abundante en el parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara sigue haciéndonos sentir su presencia, pero poco a poco la arenisca ferruginosa “buntsandstein” del norte de la Sierra de Ayllón nos van a trasladar a un mundo; negro y rojo o rojo solo, incluso amarillo, paleta de colores digna del mejor pintor. Pueblos de recios muros, de macizas espadañas, de olor a lumbre, de recias chimeneas, de hayas y robles centenarios, de orondas montañas y cascadas y arroyos. 


 

El primero que nos encontraremos es Villacadina, rodeado de prados, cubierto el horizonte de gigantes aspados. Rodeamos la sierra de grado para entrar en Tierras de Ayllón, que, aunque venida a menos, fue una importante institución política y administrativa medieval. Repartía justicia y autoridad entre los vecinos y ordenaba el aprovechamiento de tierras, aguas y pinares, formaba parte importante de la llamada Extremadura Castellana que comprendía las tierras al sur del Duero, desde Soria hasta Trujillo y Medellín.


 

Santibañez de Ayllón sorprende entre los álamos, recia iglesia y casas semiderruidas con estructura de roble y enlucido de adobe. De aquí sale la carretera que nos lleva al Negredo, ya pueblo rojo, rojo, aunque el mejor representante de estos pueblos sea Madriguera, quizá el primer pueblo serrano en padecer la fiebre de la rehabilitación. La mayoría de sus casas en pie, en perfecto orden de revista, sus contraventanas cerradas, bien barnizadas puertas y ventanas, limpias las fachadas en espera de los pobladores de fin de semana. Se ven vecinos ajetreados aquí y allá, entretenidos en el arreglo de los jardines o pequeñas reparaciones necesarias de cara al verano. Salen del pueblo dos ramales que llevan a otros dos pueblos, El Muyo y Serracín a los que no vamos. El Muyo es uno de los de mayor altitud de la provincia, creo recordar que 1.285, y no es rojo sino negro. La mayoría de estos pueblos sufrieron una severa despoblación a mediados del siglo pasado buscando sus vecinos una vida más confortable, comprensible si tenemos en cuenta que carecían de lo que hoy consideramos de lo más elemental y necesario, como el agua corriente, el alcantarillado o la electricidad.  


 

Villacorta es el siguiente pueblo rojo, paseo por sus calles semidesiertas presididas por la espadaña de la iglesia de Santa Catalina. A Becerril no subimos, pero si entramos en Martín Muñoz de Ayllón por una carreterilla escoltada por álamos y trigales. El pueblo, ni negro, ni rojo, ni amarillo, con casas “corrientes” como otras muchas de cualquier otro lugar, una fuente sin encanto y poco más. En Alquité las piedras tiran al amarillo, más cuarcitas que pizarras con su maciza iglesia dando la espalda al pueblo. Cerveza en el centro social y la decisión de subir las bicicletas al coche e iniciar la vuelta a Murcia. Nos hemos quedado con las ganas de más, pero como dice mi amigo Matías, siempre hay que dejarse algo para poder volver, me quedo con unas ganas infinitas de visitar Cantalojas y atravesar la sierra hasta Majaelrayo por una inmensa pista blanca.


 

Mariano Vicente, junio de 2022

 




 algunas fotos...                   Negros, el track...                   Rojos, el track...