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viernes, 30 de abril de 2021

Asfalto y grava por la sierra de Lavia


 

Cuando los ánimos están bajos, cuando el día parece oscuro, cuando el trabajo se vuelve monótono, cuando la esperanza apenas parece merecer la pena, simplemente monta una bicicleta y sal a dar vueltas sin pensar en nada más que el viaje que estás tomando”. – Arthur Conan Doyle

Ahora se lleva mucho lo trascendental y yo no puedo dejar de estar de acuerdo con el creador de Sherlock Holmes, pero de ahí a que se le atribuya a la bicicleta un poder casi mágico para solucionar nuestros problemas va un abismo. Que tengamos un mal día, que la mujer no nos haga caso, o que nuestro jefe sea tonto del culo, no significa que un recorrido en bicicleta lo pueda solucionar. Yo uso la bicicleta cuando me da la gana, aunque no tenga ningún problema, solo porque me apetece. Ya me he jubilado por lo que el trabajo y los jefes me la traen al pairo. Monto en bici porque sí, porque quiero, cuando y donde me apetece y no me siento mal por ello. A sí que voy a coger el tren hasta Totana para hacer una ruta que me llevará primero por la estribación oeste de sierra Espuña hasta Zarzadilla de Totana por una carretera y si hay algo abierto me tomaré unas cervezas bien frías y tampoco tendré remordimientos por ello. Después, ya por camino de tierra me dirigiré a Avilés donde una carretera solitaria y encantadora me llevará hasta Bullas. Pienso que a este pueblo llegaré el medio día lo que me dará la oportunidad de tomar algo si me viene en gana, y ya sin prisas, continuaré por la Vía Verde del Noroeste hasta Murcia. Y sí, lo voy a hacer porque me da la gana, así sin más, porque no necesito justificaciones transcendentales para montar en bici.


 

A las 8.15 horas hemos quedado en la estación del Carmen para coger el tren de las 8.30 a Lorca mis amigos Antonio Máximo y Jesús Montoro. La estación está totalmente desconocida. He trabajado los últimos treinta años en ella y no puedo dejar de sonreír. Estoy en una estructura elevada con 6 ascensores, unos andenes amplios, con modernos teleindicadores y lo suficientemente altos para subir al tren con facilidad. A Ángel, el operador del gasoil, le han puesto hasta una plataforma elevada con tres surtidores y que los trenes no tengan que moverse para repostar, antes andaba el pobre arrastrando mangueras por el balastro. Y todo es provisional, para tres o cuatro años que duraran las obras de soterramiento. Precisamente son el tipo de instalaciones que hemos estado pidiendo, por activa y por pasiva, durante más de 30 años, sin embargo, hemos tenido que trabajar con infraestructuras obsoletas, desfasadas y peligrosas, inmerecidas para una capital como Murcia, la séptima ciudad española. Entre gestores y políticos estamos arreglados.


 

Poco después de las 9 estábamos en Totana y nos vamos hasta el centro para desayunar antes de comenzar a pedalear en serio. Tras el café, tomamos la carretera de la Santa con algo de tráfico, pero no demasiado. Pica para arriba, pronto alcanza las estribaciones de Sierra Espuña y se eleva algo más. En el kilómetro siete entramos de lleno en el Estrecho de la Santa, las paredes se estrechan y en unas pocas de curvas llegamos al santuario. Los caballeros santiaguistas traen la devoción por Santa Eulalia hasta Totana, lo hacen después de que Alfonso X el Sabio en 1257 donara estas tierras a la Orden Militar de Santiago. Se sabe que un ermitaño cuidaba la ermita y las huertas aledañas, pero fue en 1573 cuando el Concejo comienza las obras de una iglesia mayor y a finales del XVI ya había construcciones aledañas para el culto. Hoy la ermita se encuentra en el centro de una serie de edificaciones complementarias; a la izquierda, un complejo hotelero y a la derecha las dependencias de los Hermanos de la Santa. En su interior podemos apreciar sus muros decorados con pinturas murales realizadas al temple en las que se relatan los milagros de Santa Eulalia y la vida de varios Santos, en especial de San Francisco. Hablo de recuerdos, porque no pudimos acceder al interior al estar la ermita cerrada en esos momentos.


 

Dejamos el santuario entre aromas de pinos, tomillos y romeros para adentrarnos en las estribaciones de Sierra Espuña, el paisaje se hace más agreste y el pinar domina en este tramo con rotundidad. Son 17.804 hectáreas las que abarca el Parque Regional de Sierra Espuña y 1.875 más si añadimos los Barrancos de Gebas que muestran una amplia variedad de paisajes que van desde cumbres que alcanzan los 1.585 metros, a profundos barrancos casi infranqueables como el de la Hoz. La carretera continúa ascendiendo en dirección noroeste bordeando la sierra; las Cabras, los Pollos de López y el propio Morrón cierran el horizonte por nuestra derecha, por la izquierda; se alternan el pinar y los campos de almendros, entre los que se deja ver alguna vid. La carretera se civiliza conforme se aleja de Sierra Espuña y se acerca a Zarzadilla, el paisaje se abre y proliferan los campos de labor.


 

Detrás del pequeño estrecho que forman unos montes de nombres llamativos, los cerros de los Apedreados y de las Mulas -rondan los 1.000 metros-, aparece Zarzadilla de Totana. Son más de las doce y hay gazuza; no sabemos como estará la situación más adelante y aquí hay un bar abierto. Preguntamos por algo para comer. Unos bocadillos; nos responden. Más vale pájaro en mano que…, y nos sentamos en la terraza. Mientras esperamos un paisano nos aconseja tomar un camino que encontraremos por nuestra derecha, apenas a un kilómetro al salir del pueblo.

-Si no lo dejan, pasaran una casa a la izquierda, y todo seguido llegan a Avilés. Está bueno, se puede pasar con coche. Nada que mi trotona no pueda superar con sus cubiertas de 38.


 

Alimentados e hidratados convenientemente reanudamos la marcha. Tal y como sugirió el paisano, tomamos el camino que nos indicó, resulta que al comprobar posteriormente los mapas descubrimos que se trataba precisamente del camino a Zarzadilla de Totana a Avilés. Es un camino con un firme en perfecto estado que se introduce, rambla arriba, hacia el paso entre las sierras de Pedro Ponce y Cambrón por el norte y la del Madroño por el sur. Nos ceñimos a la umbría de esta última, siempre en subida, hasta alcanzar el collado del Madroño. El paisaje se abre, y un gran valle aparece ante nosotros con las pedanías altas de Lorca; Avilés, La Paca, Doña Inés y Coy salpicando el territorio. Entramos en Avilés junto al viejo lavadero; hoy, lienzo del arte popular. Es una población pequeña que no llegará a las cuatrocientas almas, viejos caserones con enrejados artesanales, portones de madera remachada que dan acceso a amplios patios, muchos aún conservan en lo alto de sus fachadas las poleas con las que elevaban, hasta los desvanes, los productos agrícolas. Es un pueblo dedicado al cultivo de la vid, el almendro y en menor medida el cereal y el olivo. Una de sus principales actividades fue; y hoy parece que todavía persiste, la elaboración artesanal de vino, famosas fueron sus bodegas Beltrán, hoy abandonadas.


 

Desde aquí teníamos dos opciones; una por el norte de la sierra de Lavía, el viejo camino de Avilés a Bullas, en algún punto transformado en sendero. Otra por una carreterilla al sur de Lavía que une Lorca con Bullas. Casi la hora de la siesta, Antonio sin gana de senderos y los demás sin muchos ánimos para llevarle la contraria, optamos por esta última, la más fácil, y la verdad es que no nos arrepentimos. Es una carreterilla preciosa, sin apenas tráfico que ondula entre campos de almendros y cereal salpicados de vides y olivos. Hacia el fondo, por el sur, las estribaciones de Pedro Ponce ya sin cultivos, poblada por el sotobosque en el que abundan romero y tomillo, acompañados de esparto, coscoja, enebro, cambrón y lentisco entre otros. A saltitos, junto a la carretera, pululaban burlones y curiosos los gorriones. Sobre los campos; bandadas de mirlos describen acrobáticas piruetas, sabemos que abundan las rapaces, pero no vimos ninguna, como tampoco zorros o conejos, muy numerosos en la zona.


 

Pasamos el mojón que separa los términos municipales de Lorca y Bullas para introducirnos en el paraje del Jabonero, terreno quebrado en el que confluyen la propia fuente del Jabonero, el barranco del Tenajo, el barranco del Medio y un par más de los que desconozco el nombre si es que lo tienen. Zona abundante de pino y monte bajo. Estamos rodeados de cerros que sin proponérselo superan con creces los mil metros; Morra de don Francisco 1.065 metros, Morra de los Cuchillos 1.189, Morra del Barranco de la Mula 1.242, Morra del Collado del Lobo 1.271, Lavía 1.236, o el Morrón del Rivazuelo y el Pico de la Selva que superan los 1.500 metros. A partir de aquí, se abre el paisaje en el hermoso paraje del Aceniche donde se mezclan en perfecta conjunción el bosque y los cultivos. Continuamos para introducirnos en el no menos hermoso paraje de Ucenda en el que la vid empieza a ganarle la partida al pinar. 


 

Bullas nos recibe con calles vacías, como a medio gas, es mediodía y el personal está en casa, todos menos el bullicioso grupo de mujeres que se encuentran en el restaurante el Borrego donde hemos pardo a tomar algo. Están repartidas a nuestro alrededor, mesas enteras de solo mujeres, no sé el motivo, quizás la festividad del 1 de mayo, Día del trabajo o el de la Madre del día siguiente, o simplemente casualidad, pero aquí están y se nota, todo jolgorio y algarabía. No comimos, pero nos pedimos unos suculentos postres para reponer lo que pudiéramos haber perdido. Café, chupito y al camino. 


  

Ahora será la vía verde del Noroeste la que nos conduzca hacia Murcia. Aprovecha el viejo trazado ferroviario que se construyó en 1925 para unir Murcia con Caravaca y que fue cerrado en 1971. Numerosos túneles y viaductos jalonan su trazado y lo bueno es que desde Bullas pica para abajo, y nos viene bien porque aún nos queda la mitad del camino, unos sesenta kilómetros. El piso es de zahorra en unos tramos o de asfalto muy deteriorado en otros, pero de un rodar fácil. Vamos rápido y los kilómetros caen con rapidez, La Luz, Mula, La Puebla, Los Baños, Albudeite, Campos del Río, Los Rodeos, Alguazas, se suceden casi sin solución de continuidad. El paisaje cambia con rapidez, de los pinares a los cultivos de albaricoque, de los cítricos a las hortalizas. Entre medias los 'badlands' de la cuenca del río Mula; profundos barrancos que se forman en los materiales blandos e impermeables de margas, arcillas y limos por la acción de lluvias torrenciales frecuentes en este clima semiárido. Al no filtrarse, el agua corre por la superficie excavando profundos surcos, con cada nueva lluvia, aumenta la anchura de estas grietas dando lugar a la formación de estos espectaculares barrancos que constituyen un verdadero y espectacular paisaje lunar.


 

Alcanzamos las feraces huertas del río Segura a la altura de Alguazas, ya casi estamos en casa, aflojamos el ritmo, tenemos tiempo. ¿Y si tomamos algo antes de llegar? El bar la Ermita no está mal, o quizá él Salamanca, los dos están al borde del camino, pasas junto a las mesas de la terraza. Mejor el primero, aquí en Molina, por aquello del “pájaro en mano…”. Dicho y hecho, hacemos nuestro tercer alto en el camino para reponer fuerzas y no nos vamos a cortar, solo nos quedan unos pocos kilómetros y todo está ya hecho.


 

Mariano Vicente, Murcia a 30 de abril de 2021

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jueves, 1 de abril de 2021

Por la sierra del Burete y las pedanías de Cehegín y Bullas

 


El cielo está sucio. Tiene un color raro. No sabría decir que color es, pero va desde gris al ocre, creo que es cosa de la calima que viene desde el Sahara para fastidiarnos dejándolo todo perdido. Estamos en Bullas y queremos hacer una ruta que mezcle un poco de todo, pero sin abusar; asfalto, grava, y otra vez asfalto, disfrutar o padecer según se mire a mi amigo Antonio que me acompañará hoy, y lo digo más que nada por la comida, nunca tiene ganas, justo lo contrario que me pasa a mí, pero que le vamos a hacer hay que aceptarlo como es, aunque, y esto no se lo digas a nadie, jode un montón.


 

Poco después de las nueve estamos aparcando el coche y sacando las bicicletas para irnos a desayunar. Ya subidos en nuestras monturas nos dirigimos hacia el ayuntamiento y por la fachada de la iglesia del Rosario nos encaminamos a la salida del pueblo por su lado oeste, rodeando el cerro de la Atalaya por el sur, queremos coger el camino viejo de Bullas a Vélez Blanco. Circulamos por una carreterilla asfaltada que recorre el bonito valle que forma el río Mula entre las estribaciones de la sierra de Lavia por el sur y los montes del Coto de la Marina por el norte, entre plantaciones de almendros que han perdido la flor y se están vistiendo de verde con hojas nuevas. Las vides parecen esqueletos oscuros pegados a la tierra; sin ramas; sin hojas.


 

Pierde el río Mula su nombre y lo sustituye por el de rambla de Ceacejo. El valle se cierra un poco más y la carreterilla pierde su asfalto. Estamos en la antigua Venta del Pino, recibimos por nuestra derecha la rambla del Charco y nos vamos por la pista que remonta su margen derecho. Los campos de almendros empiezan una desigual pelea con el pinar hasta que este le gana la batalla. Circulamos ahora entre pinos, algunos de gran porte, con las morras del Manzano por un lado y la del Ratón por el otro. Llevo un rato observando una cosa curiosa, casi todas las piedras del lado izquierdo del camino se encuentran cubiertas de excrementos de un color negro, son más bien pequeños, como un dedo meñique y en grupos de tres o cuatro por piedra. Desconozco de que bicho serán pues no estoy muy puesto en estos temas, pero me inclino quizás por un zorro. ¡De improviso desaparecen!


 

Casi sin darnos cuenta llegamos al collado del Charco, ahora el camino cambia a cuesta abajo y el valle se abre, entramos de lleno en el Coto Real de la Marina en plena sierra del Burete. Dejamos atrás la subida a la Garita del Pino de la Virgen, lugar de referencia para los ciclistas de la zona. Seguimos bajando pasando junto al albergue del Coto. Nos detenemos, unas fotos y continuamos ya con la pista convertida en carretera asfaltada. Unas cuantas revueltas más y desembocamos en la carretera que viene de La Paca y Doña Inés y se dirige a Cehegín. La seguimos en esta última dirección, lo que nos sitúa en un paso elevado sobre la autovía del Noroeste. Continuamos por la vía de servicio en dirección a Cahegín hasta que un kilómetro después la abandonamos para dirigirnos hacia yacimiento arqueológico de Cabezo Roenas, donde se encuentran las ruinas de la ciudad tardo romana de Begastri. 


 

En este momento decidimos prescindir de la visita a Cehegín, uno de los pueblos más bonitos de la Región de Murcia, pero que nosotros hemos visitado en numerosas ocasiones y optamos por seguir al río Quipar en su deambular hacia su encuentro con el Segura. Se dirige indeciso, configurando numerosos meandros, en dirección noreste. Nosotros lo acompañamos por un tiempo, incluso lo atravesamos en un par de ocasiones, aunque más que verlo lo intuimos, no hay agua, solo carrizo y algo de vegetación de ribera, en algún meandro prospera el pinar. Pasamos junto a pequeñas ermitas como la de la virgen de las Nieves en el Escobar y atravesamos profundos barrancos que sorprenden por estos parajes de monte bajo. Sé que hay vestigios del antiguo complejo minero del Chaparral o de Caneja, pero yo no los veo desde la carretera. En estos cotos mineros se extraía la magnetita, uno de los minerales de hierro que más porcentaje presenta. Estuvieron en funcionamiento hasta finales del primer cuarto del siglo XX y un cable transportaba el mineral directamente hasta la estación de ferrocarril de Calasparra. También he oído de viejas graveras en esta misma rambla lo que me ofrece la excusa perfecta para un nuevo recorrido. 


 

Ya es medio día cuando entramos al Chaparral, le propongo a Antonio tomar algo, por la hora y porque llevamos ya tres cuartos del recorrido. Preguntamos a unos paisanos y nos recomiendan el único local que ha quedado vivo tras todo este lio de la pandemia, bar La Pulga.

-Ahí les hacen a ustedes lo que quieran, embutido, carne a la brasa, conejo al ajillo, arroces, vamos lo que ustedes quieran…

Se me hace la boca agua pensando en el homenaje que nos vamos a dar.

Pero como siempre Antonio no tiene ganas, él nunca las tiene. Yo solo tomaré un Belmonte; me dice, dejándome la moral por los suelos. Trato de convencerlo, de explicarle que es bueno tomar algo, que nos puede dar una pájara, que voy a llegar deshidratado, que me tocará arrastrarme de mala manera hasta bullas…, pero nada, él impasible, tu tomate lo que quieras -me dice-, pero ¡cómo me voy a poner “morao” mientras él solo mira! Nos hacemos una foto en la ermita de Nuestra Señora de la Asunción, visitamos el lavadero y nos encaminamos hacia la Copa, otro lugar del que han desaparecido los bares. Pero yo recuerdo haber comido aquí un bocadillo monumental, de lomo con tomate, con mi amigo Ángel mientras descendíamos el Quipar.


 

La vida da demasiadas vueltas y cuando llegas a cierta edad corres en peligro de vivir de los recuerdos, así que adelante, hacia Bullas, ya comeremos algo allí, pero me temo que yendo con Antonio no será para tirar cohetes. Los murcianos no sabemos vendernos ni valoramos nuestras cosas en la medida que deberíamos de hacerlo. Bullas, ciudad del vino y denominación de origen y te tienes que pelear con los camareros para poder tomarte uno. Ni saben ni quieren. Falta profesionalidad y así nos va, terminas tomando una cerveza -que tampoco está mal-, y un bocadillo de jamón en una terraza.

Mariano Vicente, 1 de abril de 2021

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viernes, 10 de mayo de 2019

Por el Noroeste murciano y el Altiplano granadino. Día 1


¿Que nos impulsa a viajar? Esta es una pregunta que me he hecho en numerosas ocasiones. Quizá el viaje es como una promesa de algo extraordinario, algo que llena tu apacible y confortable mundo de expectativas, algo que por definición siempre es novedoso e interesante, que despierta en nosotros el mismo deseo e ilusión que en un niño un juguete nuevo. Aunque el cuerpo se habitúa, el viaje actúa como una droga, que a veces, es extraordinariamente potente, de la que llegado el momento, no puedes prescindir, y eso a pesar de todas las calamidades y desventuras que te puedan acontecer. Te sientes realmente a gusto. Por eso en cuanto dejas de viajar se despierta en nosotros la ansiedad y ese poso de añoranza que nos han dejado los viajes anteriores nos impulsan de nuevo al camino. Claro que el viaje en si encierra peligros y no me refiero a los que la naturaleza o los elementos nos puedan deparar, si no a otro más íntimo; el miedo a que lo extraordinario transmute en monotonía. A nadie se le escapa que conforme avanza el tiempo de nuestro viaje las cosas que al principio llamaban poderosamente nuestra atención se vuelven cotidianas y sin quererlo, tu tiempo, se transforma en rutinario.

Hace poco y por casualidad, leí a dos autores distintos, de disciplinas muy alejadas una de la otra, que llegaban a la misma conclusión: somos nómadas. Durante miles de años, quizá millón y medio, la necesidad de buscar alimento nos obligaba a mantenernos siempre en movimiento, a desplazarnos constantemente. Este impulso viajero debe de estar inscrito en nuestra herencia genética, formar parte de nuestro ADN y los pocos miles de años que somos sedentarios no han podido borrarla. Quizá este aquí por eso, o simplemente por la necesidad de evadirme, pero leer una pequeña anotación en Facebook de Pedro Piñero sobre un viaje por el altiplano granadino y despertarse en mi el ansia de un nuevo viaje. Me parece muy sugerente el recorrido por las semi-llanuras que separan Murcia y Andalucía; llanuras solitarias, salpicadas de cerros y rodeadas de montañas que han sido aprovechadas por el hombre desde los albores de la humanidad. Es posible que de estas llanuras provenga nuestro antepasado más antiguo; el llamado Hombre de Orce, encontrado en Venta Micena por Josep Gilbert en 1982.

Hemos estructurado el viaje, si es que podemos llamarlo así, en dos días, con un tercero para el  regreso. En el primero utilizaremos la vía verde del Noroeste hasta Bullas, para continuar por la sierra de Lavia hasta los Campos de Coy, con lo que completaremos un recorrido cercano a los 90 kilómetros. El Segundo día recorreremos parte del noroeste murciano para entrar de lleno en el altiplano granadino hasta la población de Galera donde tenemos previsto pernoctar, serán otros 90 kilómetros. El tercer día será una etapa meramente de transición para regresar a casa, esta vez por carretera, y en la que haremos cerca de 100 kilómetros antes de coger el tren en Lorca. Iremos mi amigo Antonio Máximo y yo, él con una eléctrica de montaña y yo con mi trotona, una vieja híbrida de acero que ahora vive una nueva juventud a pesar de sus treinta años, pero lo más curioso que está de plena moda. Gravel creo que lo llaman. Es una ruta ideal para el ahora de moda bikepacking, pero nosotros más tradicionales, usaremos alforjas, comeremos en restaurantes, tomaremos cerveza bien fría y dormiremos en camas mullidas, no será tan “auténtico”, pero sí más cómodo. Además a nuestra eléctrica le entra “el momo” si no le damos un “chute” cada noche.


1 Día: Murcia a Coy, por la vía verde y el Noroeste murciano

Son poco más de las ocho de esta bonita mañana de primavera, mientras pedaleamos en busca del tranvía que nos dejará al comienzo de la Vía Verde del Noroeste. Acabamos de hacernos una foto frente al imafronte de la catedral como prueba y testigo del inicio de nuestro viaje. Por comodidad hemos optado por subir al tranvía, cosa fácil y económica, aunque a estas horas de la mañana va cargado de estudiantes hacia la universidad y de madres con los niños a los colegios, pero nos ahorra un montón de tráfico y nos deja al comienzo de la vía verde del Noroeste en el campus de la universidad de Murcia.



Comenzamos a pedalear en dirección a Bullas por la plataforma del viejo Ferrocarril que unía las localidades de Murcia y Caravaca, cerrado a principios de los años setenta. Al poco de salir, cruzamos un pequeño túnel -a su entrada se encuentra una oxidada señal de las que regulaban el tráfico ferroviario-, para continuar en dirección a la Ribera y Molina que aun conservan sus estaciones, eso sí, dedicadas a otros usos. Bordeamos Molina y cruzamos la carretera de Alguazas por un paso de peatones que está protegido por un semáforo con pulsador. Después nos encontramos con el río Segura, que cruzamos por el viejo puente de hierro hoy rehabilitado para nuestro uso y disfrute. Más adelante está la estación de Alguazas, también cerrada, pese a encontrarse en la línea principal de Madrid-Cartagena. Se ha recuperado el muelle como albergue y cafetería. Aquí hay que estar atento para seguir el trazado ferroviario; primero se cruza la vía actual en servicio por una pasarela de rampas empinadas, continuando luego por una calle adyacente paralela a la vía, que después gira al oeste alejándose de ella, hasta alcanzar una nueva pasarela, esta vez al mismo nivel, que cruza sobre la carretera de las Torres de Cotillas y retoma la viaja plataforma ferroviaria, que ha dejado el Segura para seguir al Mula. Entre Alguazas y los Rodeos pedaleamos entre huertos de ciruelos y albaricoques y entre los Rodeos, Campos Del Río y Albudeite, la vía se ve interrumpida por  ocupaciones y habrá que estar muy atentos a las indicaciones.



Hemos dejado atrás la huerta y sus bancales de melocotoneros para entrar en una zona de -badlands (tierras malas), amarillentas y áridas, en las que solo el río Mula y algunas ramblas prestan algunas pinceladas de verdor. La estación de los Rodeos ha pasado de ser un establo donde descansaban cabras y ovejas a estar casi en ruinas. Algunas gallinas picotean indiferentes por los alrededores; un perro flaco y mugriento, nos ladra temeroso bajo un sol que comienza a calentar. Entramos en Campos del Río por una calle que hace honor a su historia: Calle del Ferrocarril. Un poco más adelante esta la estación, hoy reconvertida en albergue. Pasado el pueblo, la vieja plataforma nos conduce por un paisaje semi-lunar hacia dos viaductos sobre las ramblas de Gracia y del Arco. Solo el carrizo, ondulante por el viento en lo más profundo del lecho, nos sugeriría algo de vida sino fuera por los regadíos que el denostado trasvase del Tajo proporciona. En Albudeite, cuya estación también se ha convertido en albergue, volvemos a perder la plataforma ferroviaria y hay que a salir a la carretera en dirección a Mula. Recuperado el trazado; la plataforma discurre sobre la margen izquierda del río Mula, cruza un nuevo viaducto, ahora sobre el barranco del Moro y llega a la estación de los Baños de Mula. Cruzamos otro nuevo viaducto de más de 200 metros de longitud, esta vez sobre la rambla Perea. Tras pasar bajo la autovía del Noroeste esta la comarcal C-415, aquí se nos plantean dos opciones totalmente validas, una continuar por la vía verde que ahora entra en Mula y recupera parte del trazado original, otra continuar por la carretera y entrar en Mula directamente, de todas maneras las diferencias son poco menos que de matiz.



Mula fue declarada Conjunto Histórico Artístico de Carácter Nacional en 1981. Esta prácticamente en el centro de la Región de Murcia y es una tierra de paso, de tamboradas y Semana Santa, de castillos y pintores. El Cigarralejo cobijo a los iberos, y la Almagra a los romanos, el castillo de Alcalá a los árabes y el castillo de los Vélez a los cristianos. Por desgracia este monumento se encuentra cerrado, en una situación delicada, pendiente de herencias, litigios y condonaciones. Seguimos nuestro camino en gran parte sobre el antiguo trazado ferroviario hacia el santuario del Niño de Balate, a cuya espalda pasa la vía verde. El trazado nos lleva hasta las ventas que hay en El Niño y que nosotros aprovechamos para tomarnos un refrigerio y recuperar la vieja plataforma. El paisaje sufre una transformación radical, se empina ya con más decisión y pasamos de los badlands a los primorosos huertos de albaricoqueros que jalonan la vía, los almendros se adueñan de las laderas más pendientes y en las más escarpadas, son los pinares los que lo hacen. Aparecen los túneles y un apeadero: el de La Luz. El viejo edificio está rehabilitado, no sé muy bien si como refugio o albergue y sobre el muelle se ha instalado una pequeña área recreativa con mesas y bancos de madera. Un soberbio viaducto de ocho arcos salva de nuevo el Mula y ya la vía; sin más rodeos, se dirige decididamente hacia Bullas. Si tenéis oportunidad, visitar su museo del vino, o acudir a algunas de sus bodegas para degustar sus reputados caldos con denominación de origen.



Llegamos a buena hora a Bullas, buena hora para comer, que en estas cosas somos muy serios; arroz negro y secreto a la plancha; dulces de postre. Poco más de una hora después salimos de Bullas en busca de la cuenca alta del río Mula por el camino de Vélez Blanco, una carreterilla de asfalto perfecto y tráfico nulo. Apenas a unos tres o cuatro kilómetros nos encontrarnos una amplia hoya de materiales cuaternarios donde a la mínima oportunidad chapotean los galápagos y cantan mirlos y ruiseñores. Seguimos la rambla del Ceacejo que casi es una sola con el Mula. Cuando se encuentra con la del Charco, nos ceñimos por el noroeste al Pico de Lavia, monte casi cónico que horada el cielo azul con sus 1236 metros de altura, ahora ya por una pista en subida. Nos dejamos llevar entretenidos por el camino que parece bailar un lujurioso tango con los seductores cerros cercanos que se envuelven, coquetos, con el verde grisáceo de los pinos. Estamos en pleno Camino de Lorca a Caravaca y Compostela, trazado por la Asociación Lorca-Santiago.



Pasadas las estribaciones meridionales de la sierra del Burete, el paisaje se abre en una amplia semillanura salpicada de pequeñas sierras y cerros como el de Las Viñas, que desde la prehistoria han propiciado los asentamientos humanos. En él se construyo el primer poblado en altura de la Región de Murcia de la Edad del Bronce, donde han a parecido restos de cerámica neolítica y campaniforme pertenecientes a la cultura argárica. Por estas mismas tierras también la Cultura ibérica nos dejo su impronta, el exponente mayor es la necrópolis de la Fuentecica del Tío Garrulo en Coy donde se encontró su famoso León. Pero no queda aquí la cosa, a los romanos también debió gustarles como lo atestiguan los Cantos en Doña Inés y el santuario del Villar en Coy o un poco más arriba, al otro lado de la sierra, en La Encarnación, con un par de templos, de los cuales aun se conserva uno transformado en ermita.



Coy se deja ver recostado sobre un cerro, con sus fachadas blancas de cal doradas por el bajo sol de la tarde. Buscamos directamente el albergue Casa Grande que encontramos sin dificultad un poco más allá de la iglesia. Enseguida se presenta Juani, nos toma nota, nos da la llave y nos cobra, dejándonos todo el caserón para nosotros solos. Nos duchamos y nos vamos en busca del merecido sustento y como siempre nos pasa, no cenamos como mandan los cánones, pasta y cosas así, no. Manitas de cedo y costillas. No tenemos remedio.



 Murcia, 10 de mayo 2019

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El Canal del Taibilla; un viaje en bicicleta. Primer día de viaje: Nerpio-Letur



Allá por el año 2009 cayó en manos del viajero un libro editado por Natusport titulado Rutas en bicicleta por el Canal del Taibilla que le trajo recuerdos antiguos de un viaje que comenzó en Hellín y finalizo en Lorca. Viajes de los de antes, de saco de dormir y chorizo bien curado; viaje aventurero y descubridor donde la capacidad para asombrarse estaba intacta, casi virgen. De ruiseñores cantando a la luna en la fronda del barranco de la Dehesa, de acampadas en la huerta de "la casa de los ingenieros" en la umbría de la sierra del Tobar. De perdices escabechadas en el Nerpio e insomnio en el puerto del Pinar rodeado de escarbadores marranos.

Hoy el viajero es más viejo, más experimentado; pero también más conservador. Ya no duerme a la intemperie, se pierde el trinar el ruiseñor, pero su capacidad de asombro es casi la misma y la ilusión por el viaje sigue inalterable. En esta ocasión usara el antiguo canal del Taibilla como excusa e hilo conductor de la aventura. 




Cartagena tiene sed, y la tiene hace ya mucho tiempo, seguramente desde el momento que surgió. Déficit hídrico que se trata de paliar con caudales provenientes de otros lugares. Se estudian aportaciones de la zona de Caravaca, Archivel, Benablón, Singla o Barranda, de los ríos Castril y Guardal en Granada, o del Mundo en la provincia de Albacete, decantándose finalmente por otro afluente del Segura; el Taibilla. Sus principales valedores serán el almirante Francisco Bastarreche y Diaz de Bulnes, a la sazón Capitán del Departamento Marítimo de Cartagena y el Ingeniero Jefe de Obras de la Mancomunidad de los Canales del Taibilla, creada a tal efecto el 4 de octubre de 1927. En 1939 son 30 los los municipios que la integran y en 1932 comienzan las obras de este canal que alcanzará una longitud superior a los 200 kilómetros, convirtiéndose en el canal cubierto más largo de Europa.




Las tejas de los aleros, como boca de viejo desdentado, se recortan contra en cielo gris y monótono de la mañana. El Taibilla, cantarín, corre encajonado entre muros de piedra, los caños de la fuente vierten sus aguas, -seguramente filtradas a través de la sierra de las Cabras, que se vislumbra en frente nuestro, sombría y verdecida de pinares-, frescas y abundantes sobre un pequeño estanque transparente. A estas horas la plaza esta solitaria, un viejo camina pesadamente apoyándose en un bastón, nudoso y retorcido. Un cuervo cruza el rectángulo de la plaza recortando su negra silueta contra las nubes. El viajero esta en Nerpio, le ha traído su hijo en coche, -imposible la combinación desde Murcia, por Hellín y necesitando todo el día-. Ha almorzado convenientemente y se dispone a comenzar su singladura.




Lo hace oficialmente desde la plaza mayor, cuando las campanas de la iglesia de la Purísima dan las once, kilómetro cero de su andadura siguiendo el Canal del Taibilla; del Nerpio a Cartagena, que cree podrá realizar en cuatro días. La primera jornada será hasta Letur, único lugar de la zona donde encontró alojamiento. En la segunda quiere llegar a Cehegín, atravesando la sierra de la Muela, el río Alhárabe y la fortificada Moratalla. En la tercera ira hasta Totana por Bullas y Sierra Espuña, para concluir; la cuarta, rindiendo viaje en la Ciudad Departamental.




Al poco de comenzar, hace su primera parada y contempla el embalse que almacena el agua que da servicio al Canal, apoya la bicicleta en el pretil de la carretera y se sienta al otro lado. A sus pies, la lámina de agua refulge metálica, partida por el amarillo enhiesto de los chopos. A su derecha, el Turrilla se abre paso escarpado de calizas y frondoso de álamos que indolentes humedecen sus pies en él. Al otro lado, el Taibilla se intuye constreñido por las calizas blancas del estrecho del Aire. Un águila cruza majestuosa el pantano hasta perderse al otro lado de las montañas. Un moscardón zumba impertinente junto a su oreja; el viajero, molesto, decide continuar su camino. El frío se deja notar entre las choperas mientras el sol, indeciso, levanta reflejos nacarados del pantano.




Cruza el viajero la presa y sigue al Taibilla  entre calizas y pinares, que tímido y aun joven, se esconde en las profundidades de la garganta. Abajo, tras una revuelta del río, aparece un azud, remanso de quietud, profundo comienzo del canal y punto de toma para el agua que saciará la sed de gran parte del levante español. El paisaje se estrecha, los pinos en inestable equilibrio, se asoman al río, el viajero no logra verlo. Cruza un liliputiense túnel y el paisaje se abre; la carretera,    umbría, oscura de pinos, sinuosa, avanza tranquila junto al canal. Un rebaño le dificulta el paso, bosque de cuernos blancos, rabillos inquietos que saltan, -sin pensárselo-, al barranco.




Libre de apreturas el valle se ensancha, aparecen las primeras huertas como por sorpresa, escondidas entre las choperas. En una curva de la carretera aparece, -también por sorpresa-, el primer acueducto, del Salobral se llama. Se alza majestuoso sobre sus pilares de piedra; altivo, recorta su silueta contra el sol de la mañana. Pedalear por esta zona requiere un cierto esfuerzo que se hace a ratos, con frecuentes subidas y bajadas que realiza este antiguo camino de servicio, -reconvertido en carretera de montaña-, para adaptarse al terreno.


Un viejo torreón domina los riscos y dos docenas de moradas; es el caserío de Vizcable, que se reparten con buen criterio el Nerpio y Yeste, según queden a uno u otro lado del río. Por el oeste las nubes son cada vez más compactas, más negras, más amenazantes. Llega el viajero a la antigua "casa de los ingenieros" junto al barranco de la Dehesa, allí le recomendaron acampar las buenas gentes de Las Casas, cuando les pregunto por ello en otro viaje, hace ya algunos años. Obediente así lo hizo, y paso unas de las noches más agradables que recuerda.




Desemboca el camino de servicio en otra carretera que se ve más importante y toma el viajero en dirección a Letur. Población esta que sorprende, -sobre todo-, por sus rincones. Íntimos, coquetos,  silenciosos, que huelen a escarcha, a geranios y a uva, que se arrullan con el sonido de fuentes y canales, sorprendidos con el piar de algún pajarillo desorientado. Parras nudosas, inmóviles, de sarmientos retorcidos y trepadores de fachadas, ponen con su negrura contraste a la blancura de la cal. Población romana y visigoda, árabe bajo Todmir y santiaguista cuando cristiana. Balsas que sugieren arenes, que hablan del baño discreto de favoritas bajo el rumor de cascadas. Arcos gallardos, testigos del paso de espadas y corazas, donde aún resuenan los cascos de las caballerizas en el duro empedrado. Calles estrechas, empinadas, de aleros volanderos, que entrecruzan sus tejas y vierten sus aguas bajo la lluvia, los unos sobre los otros.