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miércoles, 29 de enero de 2025

Míercoles:Conejo (I)

 
España, puede significar «tierra de conejos», según la hipótesis fenicia. En hebreo, lengua emparentada con el fenicio, la palabra spʰ(a) n podría significar «conejo», y el término fenicio *i-špʰanim literalmente significaría: ‘de damanes’, que fue como los fenicios denominaron al conejo. 

La carne del conejo, además de ser muy magra y sabrosa, resulta muy versátil, la utilizaremos para elaborar una de las recetas más tradicionales, humildes y sabrosas que se pueden hacer; conejo al ajillo. Solo se necesita profusión de ajos y buen aceite de oliva. La elaboración es sencilla, se sofríen los ajos y se apartan, sofreímos el conejo y cuando esté dorado lo juntamos con los ajos, añadimos vino blanco, algo de romero y tomillo, también podemos añadir un poco de vinagre y caldo. Dejamos que se evapore hasta que solo quede el aceite, el conejo y los ajos. Espero que os guste.  

Para justificar este ágape, queremos realizar una ruta que aproveche la margen izquierda del río Segura hasta Javalí Nuevo, para tomar a continuación la Vereda Real hasta alcanzar el canal del trasvase y a través de él llegar al puentecillo que da acceso a la pista que recorre la solana de la Sierra del Cura, por último, por la carretera que viene de Barqueros, llegar a Librilla y al restaurante El Pizo, local que por este nombre es poco conocido; mejor, El Lavadero. 

Pero uno propone y el grupo dispone ¡Se amotinaron! No quedo más remedio que hacer el recorrido de siempre, de Murcia a Aljucer y por los caminos de concentración parcelaria paralelos al Reguerón hasta Librilla. 

El conejo bueno estaba bueno, pero como no tenemos remedio, lo complementamos con unos huevos fritos.

 





lunes, 8 de febrero de 2021

Por la solana de la Sierra del Cura


La pandemia y el confinamiento hacen que los días se sucedan un poco monótonos y se adueñe de nosotros una especie de desinterés que hace que salgas con la bici sin rumbo ni destino. Como otros muchos días había quedado con Antonio y como autómatas nos dirigimos a buscar a Paco que nos esperaba en el bar de la muchacha de los labios rojos. Bueno el bar, como todos, está cerrado al público, solo sirve artículos para llevar. El procedimiento es el siguiente; se acerca uno en sigilo, procurando no coincidir con nadie en la puerta ni en el interior, solicitas los belmontes y te alejas hasta que te llamen. Luego te acercas, pagas y te llevas los cafés en vasitos de cartón y casi como delincuentes, echando miradas furtivas, esperando que aparezcan los municipales de un momento a otro, te lo tomas apoyado en algún coche.



Y también como otros días continuamos por “el Polígono” en dirección a Librilla, bueno a la linde de su término municipal que esa es otra, como si el virus entendiera de límites municipales, además, teóricamente tenemos que formar dos grupos pues solo pueden estar juntos dos que no sean convivientes, así que uno tiene que ir solo, separado no sé cuantos metros para no delinquir, lo que nos faltaba a unas personas como nosotros, con un buen número de años encima, ya jubilados y donde el más joven soy yo, ¡el crío del grupo!


 
Iba pensando en estas cosas, con la sensación intangible, pero contundente de que de alguna forma me están robando parte de mi vida cuando llegamos a la famosa linde, junto a la rambla de Belén y para no rebasarla tiramos hacia el norte cruzando la vía y la autopista junto a la Venta, continuando hacia arriba, hacia el trasvase. Antonio dijo de continuar un rato por él, a quien le hacíamos daño, tampoco era para tanto. En el paraje de las Lenticosas lo abandonamos provisionalmente por una vertiginosa bajada para cruzar la rambla de Belén y tras una fuerte subida volver a su encuentro. Pedaleábamos plácidamente, en silencio, disfrutando de un paisaje austero, pero con encanto, cuando Paco dijo algo que me puso los pelos de punta:

-Por aquí no sale un camino que sube para la sierra.

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, despertó en mí algo que estaba dormido y casi sin pensármelo crucé el pequeño puente que cruza el trasvase ¡seguirme, el camino es precioso! Y así sin pensar en restricciones ni en decretos nos introdujimos en la solana de la sierra del Cura. El camino vuelve sobre sí mismo antes de hacer una amplia curva elevándose hacia el oeste. Almendros y olivos semi-abandonados pueblan esta parte del camino, algunos pinos empiezan a dejarse ver. Drenan la sierra pequeños barrancos y ramblizos que forman profundas cárcavas en dirección al el valle del Guadalentín, extenso paisaje que cierran las sierras de Carrascoy y el Valle. Por nuestra derecha se yerguen altas paredes arcillosas entreveradas por líneas de sedimentos más duros que como las hojas de un libro enseñan a los entendidos un pasado lejano.


Iba pensando en estas cosas, con la sensación intangible, pero contundente de que de alguna forma me están robando parte de mi vida cuando llegamos a la famosa linde, junto a la rambla de Belén y para no rebasarla tiramos hacia el norte cruzando la vía y la autopista junto a la Venta, continuando hacia arriba, hacia el trasvase. Antonio dijo de continuar un rato por él, a quien le hacíamos daño, tampoco era para tanto. En el paraje de las Lenticosas lo abandonamos provisionalmente por una vertiginosa bajada para cruzar la rambla de Belén y tras una fuerte subida volver a su encuentro. Pedaleábamos plácidamente, en silencio, disfrutando de un paisaje austero, pero con encanto, cuando Paco dijo algo que me puso los pelos de punta:

-Por aquí no sale un camino que sube para la sierra.

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, despertó en mí algo que estaba dormido y casi sin pensármelo crucé el pequeño puente que cruza el trasvase ¡seguirme, el camino es precioso! Y así sin pensar en restricciones ni en decretos nos introdujimos en la solana de la sierra del Cura. El camino vuelve sobre sí mismo antes de hacer una amplia curva elevándose hacia el oeste. Almendros y olivos semi-abandonados pueblan esta parte del camino, algunos pinos empiezan a dejarse ver. Drenan la sierra pequeños barrancos y ramblizos que forman profundas cárcavas en dirección al valle del Guadalentín, extenso paisaje que cierran las sierras de Carrascoy y el Valle. Por nuestra derecha se yerguen altas paredes arcillosas entreveradas por líneas de sedimentos más duros que como las hojas de un libro enseñan a los entendidos un pasado lejano.


El camino cruza el cauce por una pequeña presa de hormigón y piedra que forma escalones para salvar la diferencia de altura. Pasamos mojando las cubiertas en el hilillo de agua que surca el cauce. Fuertes rampas entre pinares nos introducen de pleno en el Paisaje Protegido de los Barrancos de Gebas, aunque para “disfrutar” de ellos tenemos que tomar un camino que sale a nuestra derecha y que nos deja sobre el pantano de la rambla de Algeciras desde donde podemos contemplar en toda su grandeza este espectacular paisaje. No tenemos tiempo y continuamos hacia el trasvase que cruzamos y seguimos en dirección al pueblo. Estamos en el pueblo y es medio día, hay hambre y sed, ¿qué hacemos? Pues que vamos a hacer, comer y beber y que sea lo que Dios quiera.


Mariano Vicente, primeros de febrero de 2021

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sábado, 31 de enero de 2015

Rambla de Librilla




Nos habían asustado. La predicción meteorológica pronosticaba para hoy viernes 30 de enero, en Murcia; cielos poco nubosos, altas temperaturas y fuertes vientos de poniente con rachas que podían llegar a los 90 km/h.
Amanece. No se mueve una brizna, sencillamente el viento no está, aunque se le espera. Decidimos aprovechar la mañana con una salida corta, sin riesgo y estar de vuelta en cuanto el viento se levante. Nos decidimos por una “descubierta” en la rambla de Librilla.



Siempre ha estado ahí, la hemos visto una y otra vez mientras subíamos por asfalto la Cola del Caballo y en un par de ocasiones la atravesamos con el recorrido de la Transmurciana, pero nunca habíamos recorrido la parte alta de la rambla. Así que hoy era un buen día para hacerlo.



Nos citamos en la estación del Carmen para subir al tren de las 9.45 h. Aparecen; Ángel, Vicente, Jesús y José Luis. No nos da tiempo ni acomodarnos, en pocos minutos estamos en Librilla y comenzamos a pedalear. Decidimos subir por asfalto y descender después hasta la pequeña presa que nos sitúa en el cauce.
Amplia al principio se estrecha entre blancas paredes de yeso. El cauce esta húmedo, incluso alguna de las paredes, pero el resto está seco. Los pinos; escuálidos, aguantan como pueden. Tarayes y otros arbustos están secos. Sus ramas, muchas de ellas rotas, son como auténticos cuchillos, hay que llevar mucho cuidado, especialmente a la altura de los ojos. A Jesús le han desgarrado el pantalón y hecho un corte en la pantorrilla.



Un dédalo de pequeños barrancos de nombres sugerentes alimentan este cauce; del Infierno, de la Saladilla, del Pantano. Otros ni siquiera lo tienen; muchos terminan en pequeñas presas contra las avenidas. Altas paredes encajonan el cauce, erosionadas de forma espectacular, terminan con formas increíbles. Blancas, verticales, iluminadas por el sol molestan a la vista, inaccesibles para nosotros, no lo son tanto para un zorro que escapa asustado por nuestra presencia; aunque cerca del borde está a punto de no conseguirlo.



Se estrecha el cauce, la maleza cubre el lecho y hace imposible el avance, no podemos seguir. Regresamos por la rambla, distendidos, rodando a favor del terreno, librando con habilidad piedras y zonas anegadas. Ángel rompe la cadena, que reparamos en pocos minutos y; como no podía ser de otra manera, José Luis se cae. Y también como siempre sale bien librado. Junto al trasvase Tajo-Segura retomamos la carretera, pero ya es tarde, perdemos el tren por pocos segundos y lo vemos alejarse hacia nuestro destino. Estamos un poco frustrados, pero no nos importa demasiado, regresamos pedaleando hasta la capital con el viento ya empezando a soplar con fuerza.



Mariano Vicente, 30 de enero de 2015.