domingo, 8 de septiembre de 2019

Pos-Monegrina 2019


Hoy no madrugo. Ya madrugué ayer. Hemos quedado a las diez y media en Botorrita. Queda a unos 25 km de Zaragoza. Con Irra he quedado a las diez que me llevará en su coche. Lo primero que haremos en Botorrita será reparar el puente que mantiene unidas las manetas de cambio con el cuadro de la bici de Fernando. Además ha de ser Zeus que tiene un encaje en forma de rombo que lo inmoviliza.

El alojamiento esta en la zona del Portillo y me acerco hasta los alrededores del hospital donde he quedado con Irra. Como es temprano, paro en una terraza a desayunar. Parece un local tradicional, pero descubro tarde que esta regentado por un chino. Pido una tostada con aceite y café con leche. Me lo trae. El aceite; si está, no se le ve. Pido aceite y me dice que ya lleva. Vuelvo a mirar y no lo veo. Viene con una botella de litro, alargo la mano para cogerla pero la retiene receloso. Me hecha unas gotas directamente sobre la tostada. Lo miro disgustado, le pido más. Me mira con reproche. Hecha unas gotas más. Lo dejo estar.

Sigo por el carril-bici que he traído desde el Portillo hasta pasar el hospital. Llamo a Irra. Mientras espero veo a Cristina, su mujer, que pasea a los perros; son una pachona y un galgo que me vienen a saludar. Hablamos. Llega Irra. Se le ve contento. Nos despedimos y nos vamos. Cuando llegamos a Botorrita ya están allí Fernando y Luis Alfonso, Carlos no tarda en llegar. Irra sustituye con una habilidad magistral la pieza estropeada por otra que ha traído, buscada y encontrada en ese cajón del “por si acaso” donde va a parar todo lo que nos resistimos a tirar.



Irra se ha empeñado en dejar hoy mi auto estima por los suelos. A parte de ser joven y guapo, tiene un cuerpo atlético. Trae un cuadro igual que el mío, un Pinarello Montello. Pero ahí acaban las similitudes. Yo estoy mayor, más bien gordo y guapo no soy. Llevo dos platos, el más pequeño un 42 y él uno solo, creo que un 46. Yo llevo a tras 7 piñones, el más grande un 28. Él, solo uno, un 17 y además fijo. Yo me arrastro en las subidas. Él parece que sube sin apenas esfuerzo; y en las bajadas; apenas le saco unos metros. Cada vez estoy más convencido de que el ciclismo no es lo mío.

Además a Carlos y a mi nos han engañado como a niños. No preocuparos, nos dijeron ayer para confiarnos, si no hay apenas subidas. Pero claro eso era para “los tres mosqueteros: Irra, Fernando y Luis Alfonso”, para Carlos y para mi las cuestas eran de “verdad” y como tales las sufrimos. Carlos estrenaba su Palmira con algunos problemas de ajuste que se fueron solventando a lo largo del recorrido.



Salimos de Botorrita por una carretera en perfecto estado, abundante de ciclistas y escasa en tráfico. Pronto empezamos con largos toboganes, de esos que engañan a primera vista, parecen suaves, pero esconden desniveles importantes. Poco a poco la carretera se pone cuesta arriba y no desiste, sigue tozuda hasta llegar a un alto. Una estilizada cruz de hierro sostiene una imagen de la Virgen de Dorleta, patrona de los ciclistas. Nos recuperamos -Carlos y yo-, y le pedimos protección en nuestras salidas, con el fervor que cada uno le profesa.

A continuación viene la parte más interesante, para mi, del recorrido; una bajada hasta Fuendetodo, cuna de Goya, y la promesa de unos buenos huevos fritos con salchicha. Paramos a la entrada y nos hacemos unas fotos. Buscamos el casino. Yo continuo un poco más adelante para subir por el otro lado del pueblo. Error. Rampas casi imposibles. Menos mal que son cortas. Subo retorciéndome hasta la iglesia para terminar bajando hasta el casino. No voy a aprender nunca.



El casino, un viejo caserón, está distribuido en dos alturas. Subimos a la primera planta y nos instalamos en una mesa junto al balcón. Pedimos los cinco, como no podía ser de otra manera, huevos con salchicha, butifarra, chistorra o como quieran llamarla, y sobre todo, grandes jarras de cerveza, que hace calor y hemos sudado bastante, al menos yo. Entre anécdotas, chascarrillos y algunas mentirijillas, que para eso los ciclista superamos con creces a pescadores y cazadores, llegan los huevos. Brillantes de aceite, tersos y untuosos, las patatas fritas en su punto y la salchicha, rica rica.



Después de los huevos, recorrimos el pueblo, nos acercamos a la casa natal de Goya, hicimos unas fotos para el recuerdo y otra vez a la carretera. Y nos vuelven a engañar, aunque esta vez un poco menos. No queremos hacer de regreso por el mismo recorrido, nos dicen. Vamos a ir por Villanueva de Huelva, Aylés y Muel y no os preocupéis es casi todo cuesta abajo. ¡Y empezamos subiendo! Herejía poco recomendable tras unos huevos tan estupendos. Pero la verdad es que “casi” todo picaba para abajo, salvo ese pequeño “casi” pasado Aylés que nos hizo apretar los dientes unos centenares de metros. Ya en Botorrita tomamos café y algo más mientras contemplábamos la correspondiente etapa de La Vuelta. Buen Día de camaradería y amistad que nos conjuramos para repetir en cuanto nos sea posible. Luis Alfonso se marcha a Bilbao, Fernando a Madrid, Carlos a Santander e Irra y yo a Zaragoza. Haré noche en la ciudad para el lunes regresar a Murcia de nuevo en tren.

Mariano Vicente, 8 de septiembre de 2019

algunas fotos...          fotos Irra...

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